martes, 26 de julio de 2011

me gusta pero me asusta...

Esta frase abría el comentario de una ex compañera de trabajo en su Facebook y yo sonreí al leerlo y pensé:¡qué bien! no soy la única.

Y cuánto tiene que ver el miedo con eso que nos gusta pero nos asusta. Y sin embargo sabemos que para salir de donde estamos deberemos aprender a perder el miedo, a desenchufarnos de las dependencias, a ordenar el corazón. Nunca son fáciles los cambios, las rupturas, el destete, dejar atrás lo viejo amado pero inservible. Y pensaba en tantas cosas que pueden querer decir esta frase, desde situaciones superficiales hasta otras más profundas.

¡Hay tantos me gusta, pero me asusta... en nuestra vida! Y están habitados de dos emociones que configuran estos me gusta, pero me asusta...: el amor y el miedo, que se entremezclan de manera inseparable y ambivalente en nuestra vida. Que tenemos que aprender a mirar y a saber con cuánta fuerza actúan en nosotros, para saber distinguir, para discernir, para cuidarnos y querernos mejor.

Del miedo sabemos que es eso que se manifiesta como temor a entrar en contacto con los otros, que nso pone en guardia. Nos da miedo la violencia, el poder, la muerte. Pero también todo aquello que nos asusta de la relación con otros y que hace que reacciones desde dos grandes mecanismos de defensa: la separación y la repetición.

Desde la separación ponemos distancias protectoras que impiden o dificultan el acercamiento a los otros, distancias físicas y distancias sociales. Mediante la repetición tratamos de que nada cambie, de quedarnos como estamos, como si nos congelásemos una y otra vez frente a todo cambio.

El amor, es ese deseo de comunión, de contacto, de estar con otros que nos lleva a derribar todas las separaciones y a alterar todas las repeticiones. Esperamos recibir del otro no la herida, la humillación y la muerte, sino más bien el cuidado, el reconocimiento y la vida. La vida la buscamos no en la separación sino en la comunicación e identificación con los otros, en la apertura a sus innumerables formas de ser y en la alteración constante de nuestra propia identidad. Nos dejamos afectar en la relación con aquellos que nos importan. La vida ya no consiste en sobrevivir sino en convivir, en compartir, ya no desea mantenerse a sí misma contra y a costa de los otros, sino más bien, entre y gracias a ellos. Y a veces lo que más deseamos es de lo que más huimos y lo que más tememos.

Es verdad que el temor es una pasión vigilante que nos mantiene despiertos y precavidos ante los males que puedan sobrevenirnos. Es necesario para que aprendamos a protegernos. Sin embargo sólo nos ayuda cuando lo compensa y complementa el amor, cuando nos mantiene abiertos al exterior y al porvenir, a los otros y a nuestro propio ser. El amor hace que no temamos sólo por nosotros mismos, sino también por aquellos a quienes amamos y nuestro temor principal ya no será el daño que puedan hacernos, sino el que nosotros podamos hacerles y el que todos podamos hacernos unos a otros.

Sin embargo nos damos cuenta muchas veces,que aún queda una tarea difícil, porque no somos los dueños del campo de nuestro corazón. Cada uno tenemos un lugar propio, privilegiado: el de nuestra propia madurez. Aquel reducto en el que hemos aprendido a dejar posar el flujo de lo vivido, de lo amado. Y hay que seguir creciendo, sanando lo que está herido, buscando lo que necesitamos, aprendiendo lo que no sabemos. El escenario de la búsqueda de la felicidad, con sus puertas ni cerradas del todo, ni abiertas de par en par, solo entreabiertas de cuando en cuando, necesita siempre nuevos pasos y estos pasos necesitan de una mano amiga que nos acompañe en la apasionante y difícil aventura.

Si nos preparamos a dar el paso, si queremos cambiar de vida en la búsqueda de nuestra felicidad, nos preguntaremos si tenemos a alguien a quien queremos, un amor concreto que nos dinamiza, alguien con quien deseamos vivir y compartir la felicidad. Y esto también nos gusta, pero también asusta...