lunes, 5 de septiembre de 2011

cuando dos o más personas se juntan y se empeñan

Hay tres clases de personas: los que observan las cosas que suceden, los que piensan y sueñan con un mundo mejor, y por último los que no están contentos con lo que ven, se comprometen y hacen que las cosas cambien. Es preciso hacer un mundo nuevo y diferente del actual, que sea un hogar para todos.

La realidad doliente es grande y son muchas las llamadas hoy para que compartamos esfuerzos en que otros puedan salir de la pobreza que humilla e impide el desarrollo de las personas y los pueblos. Muchísimas personas colaboran de una manera activa y comprometida en distintas realidades. Muchas no salen en los periódicos. Hay infinidad de proyectos para elegir, acompañar, apadrinar, por los que trabajar de manera profesional o voluntaria, en otros países y sin salir del propio, sostenidos por distintas organizaciones, comunidades religiosas y asociaciones civiles. Voluntariados sostenidos desde perfiles profesionales diversos, personas que buscan poner su granito de arena para que este mundo en que vivimos pueda vivir un poco mejor. Hay algunos que dan su tiempo, otros su dinero, otros ponen los dones recibidos al servicio de los demás. Algunos proyectos no se terminan con el año. Los hay que necesitan ser sostenidos durante años, aunque siempre hay algunos nuevos.

Durante el año he seguido el trabajo voluntario durante 6 meses de Damián en Calcuta, con los niños y enfermos que las hermanas de la Madre Teresa trabajan. Esta realidad le ha cambiado totalmente y seguramente ya todo lo que hará será distinto, empezando por su manera de situarse ante la vida.

Durante el verano leí distintos testimonios de jóvenes voluntarios que invierten parte de sus vacaciones de verano en campos de trabajo en Honduras, Haití y Perú a través de la Asociación para la Solidaridad y Acoger y compartir.

Es impresionante el trabajo de Kike Figaredo en Camboya en especial con las víctimas de las bombas de racimo, las minas antipersona o la polio, fomentando la educación y el desarrollo de infraestructuras.

Un boletín que recibo de la Fundación Cruzada Patagónica me informa sobre la situación en la Patagonia argentina con las cenizas que perjudica la vida de muchas personas con serias dificultades para salir adelante si no es con ayuda pero con grandes dosis de trabajo y de apoyo mutuo están pudiendo hacerlo.

En distintos lugares del mundo cuando dos o más personas se juntan y se empeñan en sacar adelante una acción solidaria, aparecen motivos para la esperanza y en torno a esa acción puede haber muchas oportunidades de humanizarnos, porque compartir nos hace bien y nos ayuda más que lo que pretendemos ayudar.

Hoy, nos llegaban las primeras noticias por correo de una pareja amiga, que ayer llegó con una ONG de ayuda a Palestina. Una ex compañera de la facu en unos días irá a Guinea como educadora durante 6 meses a trabajar como profesora de literatura en secundaria a través de los Maristas. Soy testigo de la gran ilusión de una enfermera todo terreno de volver a Perú en enero próximo, mientras tanto, durante el año, apoya en lo que puede: colaborando en nuestro rastrillo, con unas becas de formación, manteniendo contacto directo con la gente de allí, preparando materiales, medicinas y haciendo acopio de mucha ilusión que llevarse porque eso no ocupa lugar en la mochila.

Pienso en nuestra pequeña acción del rastrillo navideño y en mi deseo de que cada año podamos ilusionar a más personas y sumar así un poco más de fuerzas para continuar con el apoyo a este lindo proyecto. Pienso en la comunidad que respalda el proyecto, en la que nos vamos haciendo unos responsables de los otros de forma solidaria. Nos supone mucho trabajo y necesitamos más gente para seguir haciendo este rastrillo, pero lo mejor es lo que genera en cada persona, muchas cosas buenas que nos movilizan, que nos llevan a dar un poco más de lo poco que tenemos. Pienso en las personas que con creatividad e imaginación están haciendo manualidades con materiales reciclados para vender, las que donan libros que ya no leen, los juguetes con los que una vez jugaron unos niños que pueden ser para otros, la artesanía que un misionero que conoce bien la realidad de allí ha traído desde Perú para venderlas aquí y acercar su cultura, las ganas de participar y cubrir los turnos de apertura de los voluntarios, los sentimientos que una pequeña acción en un barrio sencillo despierta... En un mes nos pondremos manos a la obra en su preparación para seguir sosteniendo que los niños que acuden a los comedores de Santa Anita, en Lima, Perú, puedan comer todos los días durante un año e ir a la escuela.

Aunque muchas veces vemos con tristeza todo el mal que acontece en nuestro mundo, en nuestro mundo en el que cada cual va a lo suyo, no todo está perdido cuando dos o más personas se juntan y se empeñan en hacer posible lo que para muchos sonaba a imposible. Cara a este nuevo comienzo también podemos preguntarnos ¿puedo hacer yo algo más desde mi lugar en el mundo?