viernes, 23 de septiembre de 2011

empezando por nosotros mismos

Hoy leía un escrito que se dio en un curso de verano y me dejo pensando en cosas de las que voy a escribir ahora. No es ninguna novedad que nuestra vida cotidiana está llena de urgencias, de responsabilidades, de rutina… y a veces sentimos la necesidad de hacer un paréntesis, de resetearnos por dentro para poder situarnos en verdad ante nosotros mismos, ante nuestra pareja y puede que hasta ante Dios también. Y si tenemos niños, se complica más y se extrañan más esos tiempos para tomar aire, sobre todo cuando hay peques que absorben toda la atención y el tiempo, lo mismo cuando hay padres mayores que cuidar o a los que atender, por lo que esta oportunidad de parar un tiempo, el que pueda ser o cada miembro de la pareja pueda encontrar, es un auténtico lujo, porque después volvemos a todo lo demás con más fuerza y todos lo necesitamos.

Los que estamos en pareja o hemos estado en pareja vamos aprendiendo cómo es la dinámica parejil a fuerza de vivirla, o al menos, de intentarlo. Y como nos cuesta el ritmo de vida que llevamos también nos cuesta el ritmo de vida de la pareja, los tiempos y los momentos personales de cada uno. Lo que vamos viviendo, escuchando, leyendo, compartiendo con gente que vive cosas parecidas, va dando pistas de cómo va la cosa. Aprendemos de lo que intuimos, de lo que descubrimos, de lo que nos pedimos el uno al otro, de lo que nos apoyamos como también de nuestros cansancios y crisis. 

Hay un tiempo de atracción, de relación, de querer un algo más, un primer sí del enamoramiento, de intentos, de ir conquistando, enamorando, de los sentimientos medio descontrolados, de la emoción en el encuentro con el otro, de ir conociéndose uno al otro con interés, curiosidad, poniendo mucho cariño y llenando de contenido el presente, de ir tomando juntos decisiones, de ver cómo se quiere vivir esa relación... si la relación sigue adelante uno descubre muchas veces que en la fase del enamoramiento o incluso de vida en común habías amado más tus propias proyecciones, tus expectativas, es decir, te habías estado amando en el fondo a ti mismo. Dar ese salto, ese paso adelante de dejar que el otro sea él mismo amándole como es y esforzarte a la vez por ser honesto compartiendo con él desde tu realidad, cuesta y duele. Porque nos duele empezar por nosotros mismos, a renunciar a nuestras fantasías, ilusiones, a nuestras ideas  de lo que tenía que ser el amor, para convivir con la persona que tengo y que es como es. Paradójicamente lo más difícil no es tanto aceptar al otro como sí lo es renunciar a esa imagen ideal de nosotros mismos que queremos proyectar para el otro. Nos cuesta más aceptarnos a nosotros mismos. Nos cuesta más que nos vean con la cara sin lavar de recién levantados, con los humores de la mañana, cuando estamos de mal genio o cuando sale nuestro lado más oscuro y menos atractivo. Y sin embargo, ahí también tenemos que querernos. Y uno a veces se descubre amando y siendo amado en eso tan cotidiano y que tantas veces a otros no enseñaría.

Aunque no somos culpables de cómo nos hemos encontrado el uno al otro y del equipaje que traíamos, sí somos responsables de cuáles son nuestras actitudes y opciones de ahora en más, qué es lo que haremos con eso que nos encontramos. No soy una experta pero quizás la clave, desde mi experiencia, es ir ampliando el círculo de confianza, trabajando esa confianza, saliendo al encuentro en medio de la vida diaria, del trabajo, de la manera de entender y situarse ante la vida, de cómo elige vivir, sus prácticas religiosas, su vida familiar, sus problemas cotidianos y abrirme también a ir compartiendo poco a poco también todo ese mundo mío, que  por mucho que se pueda intuir, nadie puede adivinar ni tiene por qué conocer si yo no lo acerco ni lo quiero compartir. Los gestos son más comprometidos que las palabras y se exponen a ser malinterpretados o descalificados, pero son necesarios ambos, palabras y gestos. Pero no hay que ser ingenuos creyendo que nuestros pequeños gestos sin más van a cambiar al otro por mucho que nos empeñemos, sin embargo no dejan de ser importantes. 

Hay algunos pocos momentos en que realizamos opciones importantes que nos van a condicionar o momentos en los que nos enfrentamos con nuestra opción fundamental, bien porque la descubrimos o bien porque vemos que nos hemos desviado y tenemos que revisarla. Pero no nos dejemos engañar, cada día se nos presentan numerosas cuestiones, numeras ocasiones, nuestra vida está plagada de decisiones de todos los tamaños y es en todas ellas donde nos jugamos la relación que queremos tener en pareja y quienes queremos ser como personas.

No quiero que se lea como negativismo esta llamada a intentar pasar de la experiencia real más allá de los grandes ideales. No quiero que se piense que estoy haciendo una llamada a la mediocridad y a la resignación. Todo lo contrario, estoy convencida de que la realidad del amor sólo es una opción de vida integradora cuando es vivida desde la propia vida. Más allá de los ideales, de la fascinación y de lo que tienen su momento en nuestro proceso evolutivo es necesario reconciliarnos con nuestra realidad y con nuestra propia limitación.  

Es necesario que aprendamos a andar en verdad delante de los demás, de nuestra pareja, de nosotros mismos. Si no no será más que una ilusión que sigue su propia sombra y que se acabará desvaneciendo con el sol de mediodía además de vivir de frustración en frustración. Experimentar en profundidad nuestra condición humana, nos libera, nos abre a oportunidades de un encuentro más de corazón a corazón, a un diálogo, a un conocernos y conocer mejor al otro desde lo más chiquito hasta el fondo, y esto a veces es cuestión de mucho tiempo, de que aparezcan los miedos, las resistencias, las cadaunadas... asumir nuestras propias limitaciones es el punto de partida de construir, empezando por nosotros mismos, por nuestra propia vida.

Aunque nos manchemos, aunque nos metamos en aguas de las que a veces no sepamos salir. Aunque no solo corramos el riesgo de equivocarnos sino que sepamos con certeza que antes o después nos equivocaremos en algo y tendremos que pedir perdón y salir con nuestra imagen personal bastante deteriorada. Son riesgos que tenemos que correr si queremos estar en este mundo del amor que muchas veces nos llena de vida y otras nos deja descolocados con un montón de interrogantes y dudas.  Pero con esos riesgos asumimos nuestro presente y construimos nuestro futuro.

 Y pienso en muchas personas que conozco, más mujeres que hombres, no porque los hombres no lo vivan, sino porque lo expresan más las mujeres, que cuando llega la madurez descubren que ya no hay fuegos artificiales, fueron bonitos en su momento pero pasado el deslumbramiento hay que dar el paso de la proyección de futuro a la proyección de presente, tomar la vida en las manos desde nuestra realidad que muchas veces la vuelve más consciente una enfermedad que aparece, un divorcio, una experiencia concreta que alumbra la vida de otra manera o un momento en el que se necesita algo más y empieza a ver cómo. 

Porque lo más importante es llegar a ser nosotros mismos, ese +tú que me recordaba ayer Google. Lo más plenamente posible y con la humildad suficiente para aprender y pedir ayuda para avanzar, empezando por nosotros mismos.