lunes, 19 de septiembre de 2011

es posible?

¿Cómo sabemos que esta vez sí? ¿Cómo sé que no me la va a jugar? ¿Cömo sé que puedo responder ante lo que prometo? ¿Es verdad que confiar es posible? Magdalena Tirado escribe sobre la confianza en las relaciones de amistad: Un proverbio siciliano dice que los verdaderos amigos son los que te dicen que tienes la cara sucia. Y no le falta razón. Si uno es amigo de sus amigos y entiende que esa amistad implica fidelidad y un compromiso que trascienda las circunstancias lo suyo sería responder agradecidos si un amigo nos ofrece jabón y  agua limpia.    

Cuando confiamos en alguien, está claro que nos sentimos en casa, es algo que no hay ni que pensar, sale natural a medida que ponemos esa confianza y la vamos construyendo. Cuando confiamos existe una mejor comunicación y un mayor entendimiento, nos sentimos libres, tranquilos y tenemos la sensación de no estar solos. Y sabemos que no es posible tener una relación sana si no podemos confiar en otra persona. En una relación sana de amistad hay respeto, comunicación, admiración, libertad para expresar mis ideas, confianza, pero también surgen conflictos que pueden debilitar ese vínculo, por lo que achicar las distancias, cuidar con cariño y hablar de los problemas puede ayudar a que los errores y dificultades que aparezcan no destruyan la relación ni el aprecio mutuo.
 
La teoría la tenemos todos muy clara, sin embargo no porque sea obvia es más fácil de vivir, más bien tenemos bastantes dificultades en nuestras relaciones para vivir desde la confianza. La psicología nos dice que la confianza es lo más difícil de desarrollar pero lo más fácil de perder. Cuesta ganar la confianza de una persona, cuesta poner la confianza en alguien, es un proceso largo, pero para perderla bastan pocos minutos y recuperarla es aún más complicado. 
 
En nuestras relaciones muchas veces tenemos la fantasía adolescente que todo va a ser estupendo y no va a haber problemas y sin embargo esto no es así y en ocasiones además de nuestras dificultades y distintos ritmos, armamos y desatamos auténticas batallas y pareciera imposible entendernos y comportarnos de manera adulta. No lo hacemos mejor con nuestra familia, amigos o con la pareja, cuando al sugerirle a alguien que se lave la cara sucia puede que nos estampe la jarra de agua en la cabeza o nos quiera hacer tragar el jabón o que el comentario sea vivido como una humillación o lo niegue o se avergüence o a partir de ahí se muestre de manera agresiva y hostil o empiecen las distancias... No sé si debería o no ser sencillo, lo cierto es que lo complicamos y que nuestras experiencias anteriores refuerzan o alimentan nuestras dificultades, actúan nuestras defensas, miedos y complejos, aparecen esas barreras que se interponen entre nosotros que hace que amigos dejen de serlo o ya no lo sean tanto o que entre compañeros de trabajo nos miremos con sospecha o recelo o que con los de casa nos digamos auténticas barbaridades en una sobremesa... Esa sombra que empaña el cristal desde donde miramos y que impide que una relación fluya con normalidad, en vez de mirar antes qué me pasa a mí que no se me puede decir nada, el qué hago yo en vez de echarle siempre la culpa al otro, el poder ver las cosas como son y no como las queremos ver, el responder con apertura, entrar en diálogo en vez de despotricar en silencio y hacer un mundo de cada problema, el que no tenga que tener siempre la razón si mis razones son las que me cierran y separan del encuentro, el poder decirlo claro pero sin herir... 
 
Muchas veces queremos confiar pero algo hace que no podamos confiar. Bien porque tenemos distintas expectativas, bien porque hay un conflicto o una dificultad o es un mal momento, bien por experiencias pasadas nos condicionan, por falta de madurez, bien porque se nos ha hecho daño y las heridas no curadas no nos dejan caminar, bien porque falta compromiso por ambas partes...  

Volver a encontrar la confianza y la paz del corazón supone a veces ser muy paciente con uno mismo y volver a tomar ese impulso muchas veces en la vida, incluso en el mismo día. Podemos tener tantas razones y motivos para correr el riesgo de confiar como para no hacerlo. Y muchas preguntas a las que quizás no logremos dar respuesta sólo dándole vueltas a la cabeza. ¿Cómo saber si esta vez será verdad y no se quedará todo en palabras y promesas? ¿Realmente puedo confiar en que lo hará? ¿Creo que podré? ¿Qué nos pasa para que con tanta facilidad seamos capaces de cerrarnos o de abrirnos? ¿Qué nos ayuda a confiar y qué nos dificulta? ¿Qué mueve por dentro a una persona para que las cosas en verdad cambien? Preguntas que sólo encuentran respuesta en nuestro interior, en el silencio, con la distancia de lo que nos duele, con el paso del tiempo si este tiempo ayuda a ver mejor, con el diálogo con alguien que me ayude o me contenga, con el cambio o la posibilidad que siempre empieza en el corazón de cada uno. Cuando uno es capaz de reconocer su propio pecado, sus límites, su necesidad de cambio, su propia pereza o conformismo, está inyectando dinamismo a su vida si ese reconocimiento es veraz. De él brotarán las energías para salir serenamente de esa situación y entrar en un proceso de cambio personal. Algo se ensancha en nosotros en la medida que asumimos el riesgo de abrirnos, comunicarnos y confiar si hacemos algo más que bloquearnos, replegarnos o protegernos. San Ignacio dice: El amor se debe poner más en las obras que en las palabras. Y sabemos que son nuestras actitudes más que nuestras palabras las que demuestran la autenticidad de nuestra intención, de nuestra respuesta, de lo que decimos querer vivir.
 
Y nuestra experiencia puede ser la del explorador de este cuento: "El explorador había regresado junto a los suyos, que estaban ansiosos por saberlo todo acerca del Amazonas. Pero ¿cómo podía él expresar con palabras la sensación que había inundado su corazón cuando contempló aquellas flores de sobrecogedora belleza y escuchó los sonidos nocturnos de la selva? ¿Cómo comunicar lo que sintió en su corazón cuando se dio cuenta del peligro de las fieras o cuando conducía su canoa por las inciertas aguas del río? Y les dijo: Id y descubridlo vosotros mismos. Nada puede sustituir al riesgo y a la experiencia personal".