viernes, 2 de septiembre de 2011

la soledad

Creo que le tengo que dedicar un lugar porque se puede poner celosa si no la menciono al hablar de tantas otras cosas, sin querer y sin nombrarla, está ahí, como una puerta abierta a algo más, a la mejor versión de mí misma. A veces es más o menos compañera de camino y estos días habla un montón. Me recuerda que teníamos cosas pendientes. Y yo la voy dejando hablar y que me recuerde lo que necesito escuchar para seguir creciendo.

Se puede vivir con ella, aunque sea doloroso escuchar cosas que hubiéramos preferido inicialmente no escuchar de nosotras. Sin embargo, todo ese kit que acompaña a ese quedarnos a solas con lo que somos por dentro, nos ayuda. Sólo haciendo una pausa, parando y escuchando, podemos hacer algo, sino será una molesta compañera de camino de la cual no sabremos qué hacer para desembarazarnos de ella.

La soledad temida, esa de la que cuesta hacernos amigas cuando se nos hace pesada, cuando está habitada por rostros concretos que echamos de menos, esa que despierta nuestros fantasmas y hace que abran la boca, que palabras no escuchadas rujan con fuerza y una no quiere hacer otra cosa que desear fuerte que se pase. Aparecen muchas tentaciones para que una no escuche de verdad, para que se refugie en otras cosas que distraen, que parchean, que aligeran, pero que no te llevan al fondo. Cuando no la queremos pareciera perseguirnos y no darnos tregua, cuando menos te la esperas ahí está, como un recuerdo de por dónde tenemos que empezar para seguir caminando: escuchando quienes somos.

Entonces una empieza a enterarse de nuevo por dónde van los tiros, como una montaña rusa volvemos a ese entramado laberinto de la escucha, de los mensajes perdidos por el camino que no nos viene mal recordar, un mano a mano con las preguntas que vienen. Muchas veces lo que más necesitamos es de lo que más nos escapamos. Quién sabe por qué somos así de tontos los humanos, sin embargo, esta contradicciones nos ayudan a andar y desandar muchas veces los caminos.

Nos gustan los fondos del mar pero no nuestros fondos. Y puede pasar que ahí no lancemos sin grandes esperanzas ni muchas fuerzas, más bien sorteando como podemos silencios, incomodidades, preguntas, verdades... Qué me pasa, qué quiero, qué me duele, qué necesito, qué hacer con mi tiempo libre, con quién compartirlo, en qué gastarlo, qué hacer con mi frustración, con mi pena, con mi inseguridad... A veces una se descubre en cosas que ni sospechaba, porque las llamaba de otras maneras o miraba para donde más le convenía. Atrevernos a poner los nombres, a escuchar las propias verdades duele, pero libera.

Y mi experiencia es que se puede bajar más a fondo. Lo queremos hacer pero muchas veces nos falta ese empujoncito de cariño, de confianza, que con facilidad brindamos a los demás pero con gran dificultad lo hacemos con nosotros mismos. Pero al fin tomamos la decisión. Necesitamos bajar a ese fondo nuestro y hacernos amigos también de esta compañera soledad que nos acompañará el resto de nuestra vida, hay que conocerla, aprender a llevarla, a que no nos ahogue, a que nos ayude a encontrarnos con otros y a saber separarnos, a saber despedirnos y a saber perdonarnos.

La soledad se puede vivir con transparencia, con más humildad, reconociendo esas voces que nos hablan por dentro: "no sé qué hacer", "se me cae la casa encima", "le echo tanto de menos que se me hace eterno", "no quiero quedarme sola/o", "me gustaría tener gente con la que...", "este camino se acaba, hay que buscar otro",... e ir empezando a descubrir qué hacer con lo que va saliendo.

Poniendo todo mi ser, todas mis preguntas, todas mis tentaciones, todas mis dudas y miedos, ilusiones y deseos, encima de la mesa, es un comienzo. Y con mucha humildad, pedir ayuda. A Dios, a buenos amigos, a un familiar que tenga buena oreja, a alguien que se dedique a ayudar a otros profesional o vocacionalmente. Tener la posibilidad de compartir lo profundo con otros ayuda mucho. Y hacer vida aquello de lo que la soledad nos habla, sabiendo desde la confianza, que es una acción realmente transformadora de la vida y si la dejamos, también nos enseña. Y sino que se lo pregunten a la protagonista de esta viñeta, que lo ilustra mejor: