sábado, 10 de septiembre de 2011

una ventana y unas escaleras

Sabemos por el diario que Ana Frank comenzó a escribir desde su escondite en el que permaneció junto a 7 personas de su familia durante dos años. Al principio se le hace muy difícil adaptarse a una existencia enclaustrada. Su diario, como un amigo del alma, fue compañero de su situación, en él encontró un apoyo donde escribir sus sentimientos, creencias y ambiciones, temas de los que no hablaba con los demás, sueños que no podía contar en voz alta... Ana se asoma a la ventana del domicilio familiar en una calle de Amsterdam y eso le da la libertad que no tiene pero que la mantiene en conexión con la vida. El único trocito de naturaleza que Ana veía desde la ventana de su escondite es un castaño de indias como podemos ver en la foto de abajo de este texto.

La ventana es signo de una libertad que es posible experimentar en tiempos de cautividad. El año pasado tuve la suerte de visitar en Amsterdam la casa de Ana Frank, hoy un museo en su memoria. Impresiona ver aquel sitio con tus propios ojos, recorrer la casa, las distintas historias que allí se vivieron, conocer las condiciones en que vivieron para esconderse de los nazis. La pequeña habitación con una ventana donde ella supo buscar una manera para encontrarse con la vida en tiempos de desolación y muerte. Allí pensé en cuántas personas perseguidas, amenazadas, torturadas, privadas de su libertad, han sido y son hoy también testimonio vivo y de esperanza para muchos otros, incluso sin saber ellos el eco y alcance de sus palabras.

Aquella ventana me pareció un espacio abierto a la esperanza y desde entonces la tengo muy presente y la uso como ejemplo de esa ventana que necesitamos como signo de vida, de aire nuevo que buscamos tantas veces como cuando otros caminos se cierran o vivimos momentos que nos bloquean o preguntas que no nos dan tregua y nos piden una respuesta personal o situaciones que nos inmovilizan. Todos necesitamos un espacio que nos recuerde lo que necesitamos, un espacio que nos diga quiénes somos. Sin vivir ni en situaciones de amenaza vital ni las circunstancias de Ana ni viviendo en Amsterdam, esta mañana es un lugar precioso a 45 km de mi casa con vistas a la sierra me fijé en una ventana en el techo, una pequeña ventana con vistas a la sierra y recordé la ventana de Ana Frank. 

En la parte de abajo de la casa donde hoy estuve, varios pares de escaleras subían a los distintos pisos de la casa y podías elegir el lado por el que subir. Y recordé la ventana de Ana y pensé en cómo ese mirar para arriba y más alto nos saca de mirarnos sólo el ombligo y el momento presente, pudiendo hacer algo más que quedarnos donde estamos. Y me recordaban a esas otras escaleras que todos tenemos en la vida, escaleras que hay que subir y que como los cambios son lentos y se hacen a pie, suponen esfuerzo y paciencia, con más o menos luz, pero que siempre nos hacen llegar a un lugar más alto del que partimos y nos ayudan a estar mejor con nosotros mismos.