lunes, 3 de octubre de 2011

¿has vivido? ¿has amado?

Hoy quiero dedicar este escrito a dos personas significativas de mi vida que tienen en común que han sabido amar. En estos días se cumplen los aniversarios de la muerte de estas dos personas muy queridas. Dos historias que no tienen nada que ver entre sí y sin embargo ambas han dejado en mí un sello imborrable que ni la muerte puede quitar ni el tiempo borrar. Una de esas personas es mi amiga Marta, que murió en un accidente en el mar hace unos años y otra es la tía Liria, que se fue hace casi un año dejando un gran vacío y tristeza en el corazón a la vez que mucho amor y cariño compartido. Este escrito de octubre es en homenaje a ellas, dos mujeres con una huella tan presente en las vidas de todos los que las hemos conocido, cuyo recuerdo sigue aquí aunque ellas ya no estén. A Marta y a la tía... ¡qué bueno es recordarlas así!

Si me pongo a pensar en las personas importantes de mi vida descubro que las fui conociendo a través de una historia muy particular. Con cada persona fue de manera distinta, a veces ni sospechada y sin embargo, se fue haciendo posible. Cada historia está cargada de unos momentos concretos, diálogos, encuentros y desencuentros, de sus tiempos e intensidades, de opciones, de afinidad manifestada de diferentes formas, de cariño, de ternura, de alegría...

A veces escucho a algunas personas que dicen no ser capaces de ver y de intuir las presencias orientadoras o los mensajes de apoyo que de alguna manera les salvan. ¡Qué pena! ¡Cuánta gente despistada! Cada historia particular, a su manera y a su estilo, es portadora de un mensaje de vida, como si viniera a este mundo a comunicar algo y nos aporta más vida si queremos abrirnos a ese encuentro, a esa relación. Historias particulares que podemos tener con gente distinta, gente que es parte de nuestra familia heredada y elegida, de nuestros amigos y conocidos, de compañeros de distintos espacios... Cada encuentro, cada historia particular, cada persona nos invita a algo. ¿Nos hemos enterado de que estamos invitados a un encuentro? ¿Qué relaciones son más hondas en mi vida, cuáles son importantes? ¿En qué relaciones me siento más honesta, más auténtica, más transparente? ¿Qué hago por cuidarlas y ayudarlas a crecer?

Lo que muchas veces pasa es que estos encuentros no funcionan como esperábamos y las expectativas y deseos se frustran con la realidad, todas las relaciones son dinámicas y están cambiando y nos producen dolor en algún que otro momento, nos dañan o hacemos daño, queriendo o sin querer; se despiertan nuestros temores, miedos y sospechas, a veces no queremos mostrarnos como somos y se complican muchas cosas que podrían ser más sencillas. Nuestra historia personal, nuestras malas experiencias, nuestras heridas y dificultades entorpecen, ralentizan, bloquean y hacen que no vivamos como sí podríamos. Sin embargo estamos invitados a vivir. A encontrarnos, a relacionarnos, a confiar... Porque nos necesitamos. Quien decide amar sabe que el amor significa hacerse vulnerable y a menudo no sabemos qué hacer con nuestra debilidad, salvo esconderla o huir de ella. Nos asusta descubrirnos frágiles y a veces nos mostramos con nuestra mejor imagen o desde una linda coraza. Creemos que “si los demás ven lo que está roto en mí, ya no me querrán”. Sin embargo, cada vez estoy más convencida que nos sana amar y dejarnos enseñar por esta dinámica del amor: dejarnos querer y descubrir cómo querer a otros, sentirnos queridos, decirnos que nos queremos, no desentendernos unos de otros, vivir reconciliados... 

Tenemos una sola vida y cada día, a cada instante, se renuevan nuestras oportunidades de amar mejor, de amar más, de queremos y de cuidarnos... no las desaprovechemos. 

A mí también me gustaría, como a Pedro Casaldáliga:

"Al final del camino me dirán:
-¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres"