lunes, 31 de octubre de 2011

pataleando

Así es el título de un cuento que recuerdo desde la adolescencia y que he usado en cursos que imparto porque siempre da mucho que hablar y compartir. Es la imagen que esta mañana necesito. Hace un día de sol hermoso, es víspera de festivo, sin embargo hoy no estoy con ánimos y me siento floja y siento que todo el día será cuesta arriba. He abierto esta entrada para escribir y me vino a la mente esa palabra: pataleando. Y sonrío, qué bien me hace recordarlo para no dejarme comer por el desánimo y para quererme también hoy que estoy desanimada. Sé que no basta con pensarlo, hay que luchar por mantener el buen ánimo y a flote cuando estás con días bajos y eso se hace pataleando como la protagonista de este cuentecillo que me resulta tan familiar y que tiene montones de versiones. Lo escribo por si alguien tiene el día como yo o por si alguien necesita que le recuerden el mensaje de este cuento. 

Había una vez dos ranas que cayeron en un recipiente de nata. Inmediatamente se dieron cuenta de que se hundían: era imposible nadar o flotar demasiado tiempo en esa masa espesa como arenas movedizas. Al principio, las dos ranas patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente. Pero era inútil, sólo conseguían chapotear en el mismo lugar y hundirse. Sentían que cada vez era más difícil salir a la superficie y respirar. 

Una de ellas dijo en voz alta: "No puedo más. Es imposible salir de aquí. Ya que voy a morir, no veo porqué prolongar este sufrimiento. No entiendo qué sentido tiene morir agotada por un esfuerzo estéril". Dicho esto, dejó de patalear y se hundió con rapidez, siendo literalmente tragada por el espeso líquido blanco. 

La otra rana, más persistente o más tozuda quizá se dijo: "!No hay manera ¡Nada se puede hacer para avanzar en esta cosa! Sin embargo, aunque se acerque la muerte, prefiero luchar hasta mi último aliento. No quiero morir ni un segundo antes de que llegue mi hora". Siguió pataleando y chapoteando siempre en el mismo lugar, sin avanzar ni un centímetro, durante horas y horas. A veces más despacio, a veces con más insistencia. Y de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, agitar y patalear, la nata se convirtió en mantequilla. Sorprendida, la rana dio un salto y, patinando, llegó hasta el borde del recipiente. Desde allí, pudo regresar a casa croando alegremente.

Y después de recordarlo yo también y de ver el video que me manda una compañera paseando con su hijo,  me voy a pasear por mi ciudad, para que me dé el aire y sabiendo que hoy el sol de otoño me acompaña.