domingo, 9 de octubre de 2011

¿qué nos moviliza?

¿Qué nos moviliza hoy lo suficiente como para que se produzca un cambio en nuestra vida? ¿un sacudón fuerte, un revés o una crisis en la vida? ¿injusticias? ¿algo que podríamos hacer mejor y no hacemos? ¿algo que desbarata lo que teníamos, lo que pensábamos, lo que hacíamos? ¿un deseo, una ilusión, una esperanza? ¿qué es capaz de hacer que nos movamos de donde estamos? 

Para nuestra sociedad de bienestar algo que incomode o que pinche o moleste o se salga de los planes, no le interesa. A mucha gente lo que le suponga un esfuerzo y haga perturbar la propia comodidad, los esquemas, las rutinas, no lo quiere. Si bien somos capaces de vernos afectados en nuestra sensibilidad al final el efecto "descubroloquetengoquehacer" se pasa y no dura y lo que hace unos meses se descubría como importante y necesario después ya no lo es tanto y se posterga por tantos buenos motivos justificados. Lo triste no es que lo hagamos o dejemos de hacer, lo triste es que nos gusta engañarnos. Todos tenemos experiencia que en ocasiones preferimos engañarnos, cambiar el nombre a las cosas en función de nuestra comodidad.

A veces nos empeñamos y lo conseguimos, como lo de pagar el gimnasio e ir, porque lo vemos, lo necesitamos y vamos caminando hacia ello, como unos que hoy están haciendo una mañanera montañera en preparación de un fin de semana que harán un monte más fuerte. 

Hoy pasa mucho que podemos emocionarnos fácilmente y tener la ilusión que somos amigos de todos cuando compartimos un comentario de Facebook o a través del teléfono, cuando a veces ni por esas logramos conectar y menos llegar a tener una amistad real con una persona. Y no digo que las redes sociales no estén bien sino que a veces sabemos incluso con ellas, estamos desconectados, a pesar de lo que nos ofrece de bueno internet, el iphone y la blackberry. Y al final las tecnologías a veces nos conectan y acortan distancias y otras veces son al excusa perfecta para no trabajar las relaciones en la realidad que tenemos. Y la tecnología tiene muchas cosas buenas, como poder conectar con gente que vive a muchos kilómetros de distancia o en la misma ciudad, como poder tener un espacio como éste donde compartir un blog, pero me gusta más una cena con mis amigos a tener que verlos en una pantalla.

Deseos y buenas intenciones tenemos pero ¿y el compromiso de llevarlos a cabo? Una mentalidad satisfecha de su propia experiencia, puede decir que las cosas las hará más adelante o que seguirán siendo de la misma forma.  Y es curioso cómo cambian las cosas, ¿cuánto vale la palabra? En otros tiempos, la palabra dada era garantía de compromiso. Así se podían apalabrar tierras, trabajos incluso apoyo a una causa concreta, porque la palabra dada tenía un valor y significaba lo que hoy puede significar una firma de un contrato o un compromiso asumido desde la libertad. Hoy en día, que la palabra dada pareciera tener poco valor, habrá que echar mano de más cosas, como también se hacía entonces, desde la confianza.  Confiar o no confiar en algo que veo bueno para mí, confiar o no confiar en otro,  construirla y ver si con el tiempo dirá si de ahí puede salir algo más que palabras. Hoy que hacemos uso de la palabra para tantas cosas y vivimos en un mundo en que se abusa de ellas, la cosa no está en quedarse en los discursos por la belleza de las palabras ni en darse demasiada importancia a uno mismo sino en dejar los soliloquios obsesivos sobre los propios problemas. Quedarse en la decepción de tanto problema por solucionar, sólo hace multiplicar la pérdida de ocasiones por hacer algo realmente transformador. 

De fondo está la actitud que tenemos de apertura o de cerrazón ante los cambios, ante nuestra propia capacidad de cambio, de rectificación que hay en todo ser humano. Cuando somos capaces de reconocer que necesitamos otra cosa, de probar otras aguas (como diría una amiga mía), ahí empieza algo. El camino del darse cuenta. Empezando a identificar los propios límites, errores y dificultades, la propia pereza o conformismo, damos pasos y estamos inyectando dinamismo a nuestra vida si ese reconocimiento es veraz. De él brotarán las energías para salir serenamente de esa situación y entrar en un proceso de cambio personal. Por eso importa no desperdiciarlas. Los cambios no se hacen solos ni si uno no quiere, por mucho que te lo digan los demás. Ni de un día para otro ni de una vez para siempre ni sin ayuda ni apoyos. Y ésto cuesta, es un proceso, es una búsqueda, pero es el mejor viaje que podemos hacer y si queremos, ya sabemos por dónde va la cosa.