jueves, 17 de noviembre de 2011

abrir el baúl

Nos dicen que si nos duele la cabeza mejor tomarnos una aspirina, si tenemos dolor de espalda, un buen relajante muscular, para un esguince, una gripe o una contractura, ya sabemos qué hacer y para otras dolencias vitales del corazón no sé por qué si lo sabemos no lo hacemos. Estamos siempre aprendiendo y descubriendo qué nos ayuda más a cada uno. Siempre y cuando nos demos cuenta que lo necesitamos y estemos dispuestos a buscar y aprender.
 
Nos metieron en la cabeza y muchas veces queremos creer que es así: que los fuertes son aquellos que no necesitan ayuda y que pueden solos. Seguro que nuestra vida cambiaría si comenzásemos a pensar que es fuerte no quien no necesita ayuda, sino quien tiene el coraje de pedirla cuando la necesita. Lo que tengo cada vez más claro es que tenemos miedo, es sano reconocerlo, a que nuestra propia imagen se deteriore. Y así, el baúl de los deseos frustrados y de las cosas no dichas se va llenando, se van haciendo cada vez más inconfesables. Lo mismo pasa con esas preguntas más hondas, que nos guardamos, que reprimimos, que no compartimos y vivimos en soledad.
 
Hay momentos en la vida en que osamos mostrarnos débiles, vulnerables. Es cuando nos atrevemos a abrir el baúl y a compartir algunos recuerdos, sentimientos, pensamientos no compartidos. Son momentos que tienen una especial resonancia en nuestra vida. Encuentros saludables que conseguimos establecer algunas veces con nuestros amigos, y otras, con la persona más desconocida que se cruza en nuestro camino y nos suscita especial confianza.
 
A veces necesitamos una ración de escucha, una porción de mimos, risas y ternura en grandes dosis, caricias a granel, una conversación que nos regale cápsulas de tranquilidad, contención, apoyo. Y esto no viene ni en caja ni se compra en la farmacia. Hay que necesitarlo, hay que buscarlo, hay que pedirlo e implicarnos para conseguirlo.
 
Desahogarse, contar lo que nos parece incontable, tiene un precio. Hay gente que se pregunta si vale la pena. ¿Vale la pena abrir nuestro baúl y contarle a alguien nuestras cosas? Seguramente la respuesta la tendremos que dar cada uno. La experiencia de haberlo hecho no siempre es buena consejera, a veces nos sale mal y otras nos sale más que bien. Cada ocasión es nueva.

Lo cierto es que en ocasiones el propio baúl es fuente de sufrimiento. Dentro de él se han abierto heridas cuya curación no encuentra la mejor terapia en el intento de olvidar. Por eso, dar con la persona adecuada que, por su función o por sus cualidades personales, escucha, comprende y transmite comprensión, es ocasión de curación. Al contarse, uno se cura a sí mismo, porque hace el esfuerzo de poner orden, de dar palabras a cuanto tiene por dentro Además, decirse, narrarse supone confrontarse con uno mismo y dejarse interpelar por el otro y esto es un riesgo. Quizá sea este también uno de los frenos que impiden que la comunicación se mantenga a nivel de superficie.
 
Abrir nuestro corazón, nuestra vida, airear aquellos rincones donde da menos la luz, aquellas heridas o pequeños tumores que se nos van haciendo por incomprensiones, conflictos, roces, malos entendidos, agresividades no controladas, miedo a la verdad, aquellos agujeros vacíos que nos hacen experimentar algunas encendidas carencias, puede ser un buen gesto de coraje, un buen signo de salud. Para que adentro nazcan cosas nuevas.