martes, 1 de noviembre de 2011

amar hasta el último minuto

Lo conozco hace casi año y medio. Compartimos unos cuantos momentos de encuentro y complicidad común. Contagia la vida de la que es portador. El jueves pasado pedía a través de las redes sociales una oración por un bebé que iba a nacer y que moriría al poco tiempo. Esta noche me llegó su experiencia que leí emocionada. La comparto con el mismo cariño con que él la escribe y con el mismo deseo: amar hasta el último minuto la vida que se nos regala y nos confía. 
Estoy pensando en Abrahám y en su nacimiento, en su bautizo y su muerte. Todo ello el pasado viernes. Después de unos días de digestión comparto con vosotros esta experiencia vital que me ha enseñado lo que es el valor de una madre, Mayra, capaz de llevar adelante su embarazo sabiendo que su hijo era ya su hijo desde el primer momento, sin necesidad de esperar a verlo, sin necesidad de que nadie le dijera nada, sino desde la certeza que le daba saber que lo que se formaba en su interior no era una cosa cualquiera o un "proyecto de", sino una persona con todas las de la ley.
Al poco tiempo de quedarse embarazada descubrieron que el cráneo de Abrahám no se iba a formar adecuadamente, haciendo inviable su vida fuera del útero de su madre.
Ella sufrió las presiones de este sistema de salud nuestro que, de manera incomprensible, anima a una madre a abortar porque al parecer no merece la pena un embarazo si el niño no va a salir adelante.
Claro que siempre hay personas dispuestas a luchar lo que haga falta para evitar estas barbaridades y permitir que una madre abrace a su hijo antes de que este muera. Siempre hay "ángeles de la guarda" que acompañan a una madre en el embarazo mientras ella les enseña que no hay fuerza mayor que el amor para esperar y luchar por lo que realmente merece la pena: una hora de vida de un hijo.
La vocación sacerdotal viene acompañada de oportunidades, de regalos como este: sin merecerlo, uno es invitado a compartir una historia como esta, que te hace replantear las prioridades y te convence de que, sin duda, Dios está presente en toda vida humana, independientemente de su "viabilidad".
Por ser sacerdote, Mayra quiso que yo estuviera presente en el milagroso e impresionante momento del parto. Un parto por cesárea, programado, que nos dejó ver el rostro de Dios en el de Abrahám, que resumía la auténtica belleza, no esa de mofletes ideales y sonrosados, sino la que está llena de lucha, de empeño, de amor más allá de los límites de la lógica.
Abrahám vió la luz de este mundo y fue bautizado. Una sencilla oración y el agua vertida sobre su cabeza sirvió para celebrar un sacramento que hizo visible lo invisible: cómo el amor de Dios nos une en una sola familia (en este caso la de unos padres, un sacerdote, los médicos y los cientos de personas que oraban por nosotros en ese momento).
Abrahám quedó en brazos de su madre que, tranquila, sólo daba gracias a Dios por haber podido tocar sus manitas y sus pies, ver su rostro, abrazarlo. Y ese fue el segundo sacramento de la mañana: así es el amor de Dios para mí. Un amor que lucha lo que haga falta por dar vida, que siempre da una oportunidad, que apuesta la propia vida para que la nuestra vaya adelante.
Después nos fuimos a la habitación y compartimos cada latido con la conciencia plena de saber que aquello era sagrado.
Y en ese ambiente sagrado Abrahám nos dejó para irse con el Padre. Rodeado de toda la paz que él mismo nos había dado, su corazón latió por última vez y nuestra acción de gracias se elevó casi en un susurro, poniendo palabras a algo indescriptible.
Así, sin hacer ruido, tal como llegó, se fue. Doblamos su ropa como doblando el mismo sudario del Señor: Ni estridencias, ni llantos desgarradores. Sólo silencio y reverencia. Habíamos vivido algo sagrado y esperamos la resurrección. La tristeza y la esperanza mezcladas, entretejidas en cada punto de la toca, la rebequita y los leotardos.
Nunca pensé que en una sola hora de vida se pudiera hacer tanto sin hacer nada. Nunca imaginé que en sesenta minutos de latidos calmados un corazón pudiera alcanzar el corazón de tantas personas que se han conmovido con esta vida.
La misión de Abrahám era esa: recordarnos que no es necesario ser adulto, ni guapo, ni perfecto para dar vida. Recordarnos que en lo frágil de la historia Dios está presente mostrándonos que hay algo sagrado en toda vida humana que no podemos despreciar.
No es la primera experiencia de este tipo que vivo pero si ha sido la que más directamente he presenciado y me doy cuenta, hoy como hace 11 años, que no podemos hacernos dueños de algo que nos sobrepasa: la sagrada grandeza y la dignidad de toda vida humana no se puede medir con nuestros parámetros humanos.
Como entonces, el viernes comprobé que Dios acompaña siempre, incluso cuando no entendemos nada, para hacer fértil nuestra historia.
Doy gracias a Dios por haber sido testigo privilegiado de la vida de Abrahám, por haber sido enriquecido con el valor y la calma de Mayra, por haber sido regalado con el testimonio de un equipo médico capaz de mirar la vida humana desde un horizonte más amplio que el que marcan los presupuestos y los criterios de eficiencia.
Doy gracias a Dios porque mi vida es hoy aún mejor, enriquecida por la vida de un ángel.
No intentéis buscar algo de lógica en ésto. No se trata de lógica, se trata de amor. Ese es el milagro.