viernes, 18 de noviembre de 2011

hacernos cada vez más humanos

A veces está en su mundo, otras se desorienta, cuenta historias que no tienen lógica.y no conecta con lo que se está hablando, es consciente y al rato no consciente de lo que pasa, repite lo mismo una y otra vez, tiene dificultad para expresarse y para comprender, puede no recordar los nombres de los familiares ni saber quiénes son éstos, puede describir algo pero no saber su nombre... Y aparecen trastornos de comportamiento, pienso especialmente en tres personas con deterioros cognitivos por diferentes motivos, mi abuela, la madre de un amigo que esta semana entró en una residencia y el papá de mis amigas del alma y de toda la vida que es como si fuera parte de mi familia.

La relación con una persona con deterioro cognitivo nos interpela de modo especial, suscita en nosotros sentimientos contrarios: de ternura por un lado, de confusión e incomodidad por otro, de tristeza, de impotencia. Como habitualmente no sabemos llevarnos muy allá con el dolor, con estos dolores más específicos y de aquellos que tanto queremos, también tenemos nuestras dificultades. Sentimientos que hacen que la relación con quien lo padece sea a veces difícil y vaya surgiendo no sólo la necesidad de conocimientos específicos sobre la enfermedad sino también habilidades relacionales y actitudes para saber cómo actuar y relacionarnos mejor. 
Hay mucha literatura y buena sobre estos temas y no pretendo aconsejar ni ser experta en ello, lo que sí deseo es que no desaprovechemos la oportunidad de comunicarnos experiencias, situaciones, que nos acercan, nos animan, estimulan y apoyan cuando tenemos cerca o lejos a alguien que vive esta realidad. Cada vez más se agradecen y se necesita escuchar y leer testimonios de hijos, cuidadores, familiares  que buscan compartir lo que viven ante estas realidades. ¡¡Así que ánimo Borja con ese libro en proyecto!!
El humor es un gran recurso en la salud y además no depende ni de obras sociales ni de recortes sanitarios, es gratuito y se construye en la medida que somos capaces de soltarnos, expresarnos y reírnos de lo que nos pasa, de tomar fuerzas para seguir viviendo más desahogados. También puede ayudarnos como una manera sana de reírnos de situaciones que pasan, que en un momento bloquea o vemos como drama y después le damos la vuelta y se escapan lágrimas, risas, espacios de descanso y distensión. También los cuidadores y familiares necesitan expresar lo que sienten, lo que viven. Esto humaniza, desdramatiza, aligera la carga como la del cazo de Lorenzo del post anterior.
Algo resuena en nuestro interior, cuando una realidad así nos interpela, como si recibiéramos una llamada a despojarnos de nuestros caparazones, a deshacernos de nuestras corazas y de nuestra autosuficiencia. Gracias a la demencia de mi abuela pude conocer a una abuela distinta, más sencilla, más abierta, menos distante. Escucharla decirme te quiero como antes no salía aunque yo sabía que lo sentía. Gracias a la demencia de mi abuela pude jugar con ella, cantar y bailar, reírnos juntas más que cuando era chica, agarrarnos mucho de la mano, darnos besos y abrazos, decirle cosas que años atrás no hubiera dicho. Y en medio de la debilidad, siento que nos hicimos fuertes, porque crecimos en el amor. Y creo que cuando alguien que era capaz de controlarlo todo y eso se va perdiendo y toca renunciar a tu autonomía y se van perdiendo muchas cosas, es nuestro corazón de niño que viene en nuestra ayuda, ese corazón que es espontáneamente abierto, se atreve a pedir sencillamente, quiere ser amado y quizás es lo que más nos puede guiar a enfermos y familiares, a pacientes y a cuidadores, para cuidarnos y querernos mejor.
Ojalá seamos cada vez más conscientes que lo que podemos dar y llevar nuestras manos es sobre todo amor. Ojalá pongamos más corazón en las manos como decía San Camilo. Ojalá nuestro amor de calor y sea caricia, ternura, paciencia, pañuelo, abrazo, besos, fuerza, confianza y ojalá nuestro humor dé más colores a cada una de las relaciones, en la medida que nos atrevamos a sacar a la luz nuestros propios colores, especialmente con los más débiles que muchas veces son nuestros padres y abuelos. Ojalá sepamos mostrarnos cercanos y hacernos más humanos que es de lo mejor que podemos hacer con nuestra vida.