miércoles, 30 de noviembre de 2011

nuestros recuerdos

El domingo disfruté muchísimo compartiendo con una amiga recuerdos suyos y míos. Nos reíamos a la vez que nos contábamos anécdotas, experiencias e incluso dábamos valor a esas cosas y a otras que vivimos. Y sabía que aquello ya me estaba dando algo que escribir y que llegado el momento vendría  a este espacio. 

El viernes escuchaba a alguien decir que si hubiera que escribir la historia de una persona podríamos enfocarla desde distintos planos: desde la biografía histórica basada principalmente en hechos y fechas precisas y demostrables y desde la biografía emocional, comunicada por alguien que ha vivido con esa persona, que sabe quién era, por qué hacía lo que hacía, qué la movía, qué le daba fuerzas.... Como si un historiador y un marido pudieran dar respuestas distintas a esa arrojar conocimiento de una mujer. Dos maneras de conocer a una persona. La de quien escribe sobre ella basándose en datos y la de quien compartió la vida con ella. Seguramente quién mejor la conocería sería quien ha vivido con ella. Por tanto, no podemos conocer a alguien sólo por referencias e informaciones de otros por muy veraces que éstas sean si no abrirnos a la experiencia de un encuentro. Sólo si nos atrevemos a conocernos, a acercarnos, a abrirnos y a compartir la vida podremos decir quiénes somos y quién es el otro. Sino seremos como el historiador que sabe datos y referencias pero se pierde la vida que da el contacto directo, lo comunicado y compartido.

Cuando vamos descubriendo que los recuerdos forman parte de nuestra historia, que son un tesoro compartido y que es una gran herencia que podemos comunicar, quiere decir, entre otras cosas que vamos dando valor a la vida que vivimos y que nos vamos haciendo mayores, jaja... Mientras los recuerdos no nos pesen más que el presente y la esperanza del futuro, vamos bien, sino querrá decir que algo está fallando por ahí, algo tenemos que reajustar. 

Todos tenemos olfato especial para ciertos aromas y olores que recordamos como especiales. El olor a jabón de violeta en el baño de mi tía Yola y el olor a jazmín en primavera en el patio de una casa cerca de mi colegio no lo voy a olvidar nunca y forman parte de mi historia. Así como el olor a pan recién hecho de las panaderías que tenían elaboración propia en mi barrio y de la pizza de La Paz... Así como recordamos también sabores, sonidos, tactos, imágenes que nos han ido configurando y son parte de nuestra vida.

Es genial lo que se crea en una reunión familiar cuando sacamos a la luz historietas y anécdotas familiares, hechos comunes que nos han marcado, de los que cada uno recuerda algo. Cuando los mayores de la familia comienzan a contar batallitas genealógicas, idas y venidas de unos y de otros, hay algunos que se acuerdan de hasta cómo alguien iba vestido, lo que había hecho ese día, hay quién no recuerda casi nada y en esa ocasión actualiza su historia escuchando... lo mismo pasa cuando vemos fotos o algún video casero. Nos ayuda a todos a rescatar nuestra historia, traerla a la luz del hoy y mirarnos a los ojos y poder descubrir las emociones de cada uno de los que ahí estamos recordando, actualizando, la vida compartida. Dando un lugar a los que ya no están con nosotros, empezando a sumar a la historia a los que se suman a la familia y que aportan su propio recorrido y maneras distintas a las nuestras y a los pequeños que van llegando y en ella crecerán.

Otro tanto sucede con amigos y compañeros, cuando con fotos o sin ellas vuelven a la memoria aquellas cosas que el corazón no olvida, que han dejado su huella de dolor o de alegría, de risas y de esfuerzos, que nos han alejado o unido. 

Está más que claro que todo lo que no compartimos, se queda como agua estancada, guardado, sólo en nosotros. Todo lo que no se da, se pierde, decía aquel proverbio. Ojalá no nos falten ocasiones que compartir y revivir nuestra historia, porque así sabremos dejar a otros este legado de quiénes somos a la vez que no perderemos ocasiones de encontrarnos y decirnos también así que nos queremos.