martes, 28 de febrero de 2012

aprender a despedirnos

Ayer me despedí de una persona a quien aprecio y a quien ya no volveré a ver. Al menos no como hasta ahora y por lo pronto en mucho tiempo es seguro que no nos veremos. Se marchó a vivir a otro país para continuar allí su proyecto de vida. Aunque seguimos estando en el mismo continente, nuestra manera de relacionarnos cambiará totalmente. Y éramos plenamente conscientes de ello y más que vivirlo como una pérdida nos sentíamos felices de haber podido vivir la relación que nos ha permitido conocernos. Que además empezó de la manera más casual y cotidiana y la fuimos alimentando con nuestro cariño y conocimiento mutuo.

Ayer nos despedimos sin grandes efusividades, ni viviéndolo como ruptura aún sabiendo que así será, y que ya no será igual, porque las relaciones cambian y nuestras elecciones también hacen que cambien. No es realista ni podemos estar colgados del teléfono todo el día ni pendientes. Cada uno vivimos nuestra vida ahí donde estamos. Nos hemos deseado lo mejor y valoramos en ese rato de despedida la oportunidad de habernos encontrado y haber compartido lo que estos años nos han aportado. Decíamos ¡tenemos internet para estar en contacto! y lo valorábamos como recurso positivo en ayuda de esa distancia que ya a partir de hoy nos separa pero sabiendo que tampoco estaremos pendientes de ello, dando la libertad que toda relación necesita para resituarse. También soñábamos con la posibilidad de ir yo a visitar y conocer un poco el país que a partir de hoy ya es su casa. Pero sabiendo que hoy por hoy no es más que un sueño.

Y pensaba en esta manera de despegarnos, de despedirnos, vivida como algo natural, sabiendo que así es la vida, que no estaremos juntos ni siempre ni en todo momento y viendo que eso también nos hace bien. Nos hace bien para valorar lo que tenemos en el presente, la historia compartida que nos ilumina la vida para aprender, para abrirnos a nuevas relaciones, para dejar marchar a quienes dejan de formar parte de nuestra vida y recibir a quienes entran. 

Pensaba en las personas de las que me he despedido estos años, de las que se han despedido de mí, de las que se han ido sin despedirse o de las que no me he podido despedir. Agradecida estoy por todas ellas, por las experiencias que me han permitido vivir y porque hacen de mí quien soy hoy.  Las despedidas forman parte del recorrido como seres en proceso que somos y que nos vamos configurando como personas a través -entre otras cosas- de pérdidas y encuentros. Y esto también es un aprendizaje en el que crecer y ser más nosotros mismos.