viernes, 23 de marzo de 2012

eso de conversar

Un buen artículo para compartir y trabajarnos actitudes

Para vivir, todos necesitamos sentirnos vitalmente conectados a otros. Necesitamos ser mirados, atendidos, escuchados... y también poder mirar, atender y escuchar a los demás. Conversar es uno de los aprendizajes vitales que no tienen fecha de caducidad. Si bien en la infancia tiene una gran importancia en relación con nuestro modo de dar significado a lo que vivimos y somos, de adultos sigue siendo alimento de nuestro ser. 

Las reuniones con los amigos, la sobremesa con los compañeros, la puesta al día con personas a las que no veíamos hace tiempo, el saludo amable al comenzar el día, manifestarnos sin temor a la crítica, las tonterías que nos decimos con la complicidad del cariño, las celebraciones familiares, las conversaciones alrededor de la mesa de la cocina...: todos ellos son encuentros que nos reconcilian con la vida, que nos obligan a crecer y a salir de nuestro egocentrismo. Ellos nos permiten sentir que formamos parte de la vida de otros y nos ayudan a levantarnos cuando las pérdidas, los fracasos, las enfermedades... hacen muy difícil nuestro caminar. Sin embargo no todas nuestras conversaciones nos llevan a un encuentro ni todas aportan calidad a la relación.

Actitudes hacia el otro
Para que nuestras conversaciones sean experiencias de encuentro es preciso que los interlocutores deseen realmente comunicarse, quieran salir de sí mismos y les interese conocer la realidad del otro. Conversar es fruto de una decisión personal e implica la voluntad de querer comprender y compartir lo que cada uno es.

Pero no sólo conversar es cuestión de querer; también nos exige concebir a los otros como sujetos, como alteridad. Difícilmente habrá una verdadera escucha si no consideramos al otro como alguien valioso. Si no creemos que su presencia, sus comentarios, su compañía... me pueden enriquecer, muy probablemente esa relación tendrá mucho de monólogo, ya que sólo nos interesará oír nuestra propia voz.

Reconocer al otro como alteridad ha de llevarnos necesariamente a respetarlo y reconocerlo como diferente y a vivir el diálogo como un encuentro de individualidades. Quizá nos genera dificultades cuando la diferencia se hace presente en el desacuerdo, en la toma de decisiones o en la manera en que tenemos de interpretar lo que nos ocurre, nos asusta el sentirnos confrontados por otra manera de ver y vivir las cosas. El fantasma del cambio nos amenaza. Cambiar... nos produce vértigo.

Nuestros encuentros se hacen significativos cuando nos manifestamos en verdad. Esto no significa que tengamos que expresar al otro todo lo que pensamos o sentimos sobre él o sobre lo conversado; relacionarnos con autenticidad implica una coherencia y fidelidad a uno mismo y a la palabra dada. Hoy parece que las palabras ya no nos comprometen. Se da por hecho que uno puede decir lo que sea, porque después va a hacer lo que le dé la gana. La falta de coherencia y honestidad en el hacer de quienes las pronuncian, aunque ya no nos escandalice, sigue teniendo su precio en las relaciones humanas: nos hace dudar del compromiso que subyace a la palabra e ir perdiendo la fe en lo que podemos esperar de los demás.

Actitudes hacia uno mismo
La imagen y valoración que tenemos de nosotros mismos condiciona mucho nuestra manera de conversar con los demás. Cuanto menos nos valoramos, tanto más dependientes nos volvemos de la mirada y la aprobación ajenas. Fácilmente sacrificaremos nuestra individualidad, intentándonos acomodar a los intereses de los otros; pero esta renuncia no acallará nuestra inseguridad. Seguiremos atrapados en el «qué dirán», en querer agradar, en procurar no molestar... Conversar conlleva hacernos presentes, escuchar, hablar, opinar, diferir... Si dudamos de nuestra valía, si nos creemos poca cosa, si tememos que nos conozcan..., muy probablemente acabaremos relacionándonos poco, o haciéndolo bajo una falsa identidad en la que camuflar nuestros miedos y nuestra soledad. Por el contrario, si confiamos en nosotros mismos, si abrigamos un sano amor por lo que somos, incluyendo nuestros límites, viviremos con gran disfrute el poder compartir nuestra historia con otros. Nos arriesgaremos a pensar autónomamente, a respetar y defender nuestras convicciones, a ser fieles a lo que somos y a nuestros compromisos.

La autenticidad no sólo significa manifestarse ante el otro desde lo que uno es; implica fundamentalmente una manera de estar y de ser con uno mismo. Las personas auténticas son aquellas que se conocen a sí mismas, que saben cómo les afecta la vida y disciernen cómo la quieren vivir. Para ellas, el respeto hacia sí mismas y hacia los demás pasa necesariamente por intentar ser congruentes e íntegras. Lo que dicen y lo que hacen no está alejado de lo que piensan y son. Su presencia, sus palabras, su estar... tienen una gran consistencia. Cuando la autenticidad forma parte de quienes conversan hasta sobre lo más anodino, tiene un carácter sanador. Nos ayuda a confiar en la gente y nos anima a relacionarnos desde el SER.

«¿Cómo dialogar si no vivimos lo vivido? ¿De dónde extraer palabras significativas si previamente no están incorporadas al magma de nuestra interioridad, donde cobran dinamismo, sentido y alteridad?» Con estos interrogantes, Norberto Alcover nos sitúa en uno de los pilares fundamentales del conversar. Si no sabemos quiénes somos, cómo nos sentimos ante la vida, qué pensamos de las cosas, cuáles son nuestros gustos, con quiénes queremos estar o qué es lo que nos ayuda a vivir..., difícilmente podremos establecer conversaciones en las que nos sintamos realmente implicados. Para que nuestras palabras nombren nuestra verdad necesitamos silencios en los que hacernos preguntas significativas. Necesitamos reservar espacios de soledad en los que integrar lo vivido. Necesitamos esos ratos de interiorización, no sólo para hacernos conscientes y presentes en las palabras que pronunciamos, sino también para poder ir vaciándonos de todo lo superfluo y, de ese modo, hacer un espacio para la persona con la que queremos conversar. Sin este espacio la escucha no tendrá lugar.

Muchas conversaciones por las que uno ha decidido que tiene sentido vivir empezaron con encuentros fortuitos, cotidianos, anónimos. Por mucho que valores, respetes, desees conocer al otro, si no tienes tiempo para Estar, tampoco lo llegarás a tener para Ser. Para conversar necesitamos estar física y psicológicamente disponibles, accesibles y receptivos. Todo ocupa lugar: uno mismo, la familia, el trabajo, los amigos, la injusticia y el sufrimiento en tantas partes del mundo, nuestras preocupaciones... Si no disponemos de tiempos y espacios vitales, difícilmente podremos encontrarnos con los demás.

Imaginemos que tenemos tiempo, que nuestro interior no está saturado de preocupaciones, que en nosotros se da un profundo deseo de acoger, comprender y participar en la vida de los otros desde lo que somos; imaginemos que nuestra autoestima está más o menos saneada, que respetamos la individualidad de los demás y que no equivocamos las diferencias con la descalificación. Si bien estas condiciones nos capacitan para ser unos buenos conversadores, sin embargo no nos garantizan que lo seamos. No sólo para conversar se requiere una disposición existencial; también hemos de saber desarrollar una serie de destrezas y estrategias de comunicación: saber escuchar, saber expresarnos, manejar un lenguaje que nos permita comunicarnos adecuadamente.

Quizá si todos dedicáramos más tiempo a reflexionar sobre «cómo habitamos nuestra vida», nuestro conversar tendría otros contenidos, otros protagonistas, otra calidad. Probablemente seríamos más conscientes del valor que encierra esta manera de comunicarnos y de la repercusión que tiene no sólo para uno mismo, sino también para todos aquellos que nos invitan a compartir sus vidas y a anidar en su interior.

Cuando los chinos ven a los occidentales tomar el té, suelen sentir una mezcla de indignación y pesar. Se quejan de que no sabemos prepararlo, de que no cuidamos los detalles ni dejamos el tiempo suficiente para que el té suelte todo su aroma. Encontrarnos con los demás es una experiencia que, como el té, requiere su tiempo, su espacio, su ritmo. Y cada uno tiene que descubrir el suyo si quiere dar consistencia y calidad a sus conversaciones.

Nuestra naturaleza relacional continuamente nos ofrece oportunidades para conversar; depende de nosotros hacerlas banales o convertirlas en experiencia de Vida.

Extracto del artículo "Esencia y condiciones del conversar"
Ana García-Mina Freire
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Sal Terrae. 
Profesora de Psicología en la Universidad Pontificia Comillas