martes, 17 de abril de 2012

una historia que contar, ¡la nuestra!

Nos reconocemos haciéndonos preguntas, siendo conscientes de que nos unen más cosas al resto de personas que las que creemos que nos separan, por muy diversos que nos sintamos, en ocasiones, unos de otros. 

Tenemos experiencias que nos hermanan y nos hacen similares gracias a que en distintos momentos de la vida todos de alguna u otra manera vivimos experiencias que son comunes a todas las personas. La palabra, los silencios, la intención, los gestos, el lenguaje verbal y no verbal, nos son comunes a todas las culturas aunque cada una usemos un idioma y lenguaje propios. 

Por eso nos son tan familiares tantas reacciones humanas cuando vemos en películas o series o en tantas situaciones de la vida misma,  asentimos cuando nos vemos reflejados en conductas y actitudes, bien porque las compartimos o las hemos vivido o porque despiertan en nosotros el deseo de vivirlas, bien porque no quisiéramos caer en ellas o ni por asomo repetirlas.

Todos tenemos experiencia de palabras redentoras, entrañables, que nos han llegado al corazón, han sido una caricia, un regalo pronunciado con cariño en labios de gente que a la que queremos o expresadas por nosotros mismos. Así como tenemos experiencia de lo contrario, de palabras hirientes, dichas con doble intención, con deseo de desgarrar al otro, palabras incluso que en otros momentos nos hubiéramos querido tragar o habernos mordido la lengua (¡con lo que duele morderse la lengua!). También tenemos en común silencios cómplices, pasivos, perplejos, cargados de bloqueos y miedos, como silencios asombrados, sorprendidos, emocionados, de esos que nos dejan sin parole, parole, parole.

Cada vez estoy más convencida que todos tenemos una historia que contar, ¡la nuestra! hasta el más aburrido y el ignorante, pueden hacerlo. Nosotros somos ese personaje que tozudamente una y otra vez recorre diferentes caminos y aventuras en busca de palabras  y maneras que hagan real la propia historia.  

El arte y la creatividad en sus más diversas formas nos permiten dialogar y comunicarnos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo. Y ante ésto tenemos los mismos miedos a los que se enfrentan los aficionados y buscamos herramientas como buscaron los clásicos, somos tantas veces esos escritores sagaces que llevan años disfrutando de este viaje apasionante que es la vida como esos novatos inconsistentes que no dan pie con bola.  

Con calma, lucidez y humor, necesitamos como todo aquel que quiere escribir una buena oreja que escuche lo que nos pasa por dentro o nos reclama la atención desde afuera, fortaleza para reconocer la verdad, desbloquear la imaginación y darle rienda suelta, buscar nuestro estilo personal y no cerrarnos al diálogo a donde nos quiera llevar, seguir aprendiendo y abrirnos a lo que la vida nos regala. Un buen lápiz, goma, bolígrafo, cuaderno, papel o blog, que nos den un lugar y un espacio propios, que nos abran los ojos a las posibilidades que nos brindan nuestras situaciones vitales, aquello que se nos escapa, a las salidas que no podemos ver y que en el papel o en formato digital cobran forma, cuerpo y sentido, una vez volcado y expresado. Y una vez dado este paso, asumir la responsabilidad, ser auténticamente humildes y trabajar por la libertad para seguir adelante.

Imagino la cara de horror de los no escritores o de quienes no disfrutan para nada comunicando por escrito. Tranquilos, afortunadamente hay muchos más lenguajes expresivos, es importante que cada uno encuentre el o los suyos. Hay tantos caminos como personas. No hace falta experiencia previa ni conocimientos artísticos.