viernes, 18 de enero de 2013

es posible

La Organización Mundial de la Salud prevé que hasta un 20 por ciento de la población sufrirá trastornos psicológicos en el año 2020. Según datos de 2006 del Ministerio de Sanidad, los trastornos mentales constituyen ya la causa más frecuente de carga de enfermedad europeas por delante de las enfermedades cardiovasculares y del cáncer. Su impacto en la calidad de vida es superior al de enfermedades crónicas como la artritis, la diabetes o las enfermedades cardíacas y respiratorias. Y la principal causa de discapacidad entre los trastornos mentales comunes es los trastornos afectivos. Entre ellos la depresión ocupa el cuarto lugar entre las causas de morbilidad y se prevé que en el año 2020 pase a ser la segunda.

Cada vez es más real, les pasa a los que tenemos más cerca y puede que a nosotros mismos. Es preocupante lo poco que estamos haciendo para evitarlo. 

A pocos menesteres dedican los humanos tanto tiempo como a la infelicidad. Si un creador maligno nos hubiese colocado en la tierra para el fin exclusivo de sufrir, podríamos felicitarnos por nuestra respuesta entusiasta a esta meta. Abundan las razones para sentirnos desconsolados: la fragilidad de nuestros cuerpos, la inconstancia del amor, la insinceridad de la vida social, las componendas de la amistad, los efectos deprimentes de la rutina (Alain de Botton)

Sin embargo, no estamos perdidos,podemos seguir construyéndonos a la vez que vivimos lo que a cada uno nos toca vivir.  

Un primer paso consistiría en incorporar inteligencia emocional —es decir, la suma de habilidades emocionales y sociales de cada persona— que comprende dos ámbitos básicos: el conocimiento y gestión de nuestras propias emociones y el conocimiento y gestión de las emociones de los demás. Desarrollar las herramientas que mejoran nuestra inteligencia emocional exige ante todo el esfuerzo de tomar nuestras propias emociones en serio, pero eso es algo para lo que no nos han entrenado en ningún momento y será decisión nuestra buscar los modos de aprender en la vida adulta a descubrir, con y sin ayuda, qué podemos hacer con lo que tenemos.
 
La vida humana es compleja. Como individuos nos enfrentamos a un sinfín de decisiones diarias que poco a poco van conformando nuestra existencia. Pero también dependemos, y somos a la vez referencia ineludible, de muchos otros seres humanos: padres, madres, hijos, vecinos, abuelos, docentes, compañeros de trabajo... Compaginar afectos y obligaciones con nuestros intereses individuales puede resultar conflictivo y confuso, sobre todo cuando las demandas de quienes nos rodean parecen excesivas o cuando nuestras fuerzas flaquean o no sabemos por dónde tirar. Sin embargo, como un pulmón que se ensancha con el ejercicio y la necesidad de respirar, la capacidad de dar a los demás se agranda ante las necesidades de quienes nos rodean. El ser humano se retrae cuando nadie o nada lo obliga a abrirse a los demás, a sobreponerse al cansancio y a las dificultades. 

Lo natural en la vida son los conflictos y las crisis. Son inevitables. Lo importante es conocer y saber manejar las herramientas básicas para resolverlos, porque de lo contrario impedimos los procesos de transformación y evolución que deberían acompañar nuestras vidas.  (Extracto introducción Brújula para navegantes emocionales de Elsa Punset)

En cada tiempo y etapa tenemos necesidades diferentes. La vida es cambio y cada uno estamos en esa permanente transformación. Si nos mostramos rígidos, nos perdemos la espontaneidad creativa que existe cuando la vida fluye, cuando vivimos lo que tenemos que vivir sin complicarnos tanto ni albergar tantas resistencias. No estamos solos, hay personas que pueden ayudarnos, nosotros mismos tenemos que ir aprendiendo e incorporando esas herramientas que nos ayuden a vivir mejor lo nuestro. No estamos perdidos, seguimos en construcción, podemos hacerlo. Escucha esa voz que por dentro te dice: "Es posible cuidarnos mejor". Ánimo en este paso, en esta etapa del camino en la que cada uno estamos.