lunes, 27 de mayo de 2013

cuando uno sale de su cueva...

Cuando uno sale de su cueva... descubre que hay luz, color, sonido, sabor, aire, silencio, palabras, ruido, personas... el mundo. El mundo tal y como es. El mundo que existe y es real. El mundo que muchas veces uno se pierde si se queda encerrado en sí mismo. 

Cuando uno sale de su cueva... ve que hay un más allá. Ve, mira, toca, huele, gusta, saborea, siente, oye... Hay vida, más vida. Más allá de tu cabeza y pensamientos ronroneantes y envolventes. Más allá de los límites de tu ombligo, hay otras experiencias. Si abrimos puertas, ventanas, si quitamos filtros, murallas bloqueantes. Más allá de tus miedos, más allá... dice una canción.

Cuando uno sale de su cueva... descubre que hay otras y otros. Que hay personas que en el fondo no son tan distintas de uno... tantas coincidencias, tantas divergencias. Tantos puntos de vista como ojos que miran la vida, como corazones que laten un mismo o distintos compases. 

Cuando uno sale de su cueva... se descuadra. El paisaje cambia, es distinto al acostumbrado. A lo que uno ve cuando sólo ve lo suyo. A veces este paisaje asombra, otras asusta. A veces gusta y otras veces nos disgusta. Se nos presenta como reto: explorar, descubrir, conocer, escuchar... una manera de relacionarnos con la Vida, en diálogo, para descubrir y descubrirnos en camino, inciertos, vulnerables, capaces, imperfectos, luchadores y posibles,  inacabados.

Cuando uno sale de su cueva... existe el 'peligro' de conectar. De conectar con otros. De conectar con uno mismo. No podemos sentirnos cerca unos de otros si no nos decimos lo que sentimos, si no compartimos, si nuestros encuentros no nos conectan. La buena noticia es que tenemos esa capacidad de llenar, de habitar nuestros lugares comunes y hacer únicas nuestras historias. Somos reacios a compartir, por muchos motivos, esa sensación de vulnerabilidad, de desnudar emociones, dan cierto vértigo. Compartir los sentimientos es un acto de valor con el que podemos descubrir otros corazones que sonríen junto al nuestro, que pueden acompañarnos, melodías con las que nos podemos acompasar. Valor de hablar, valor de compartir, de no dejar conflictos sin resolver, de expresar lo que pensamos... Juntos escribimos la historia, esa historia que va más allá de nuestro refugio protector.

Cuando uno sale de su cueva... pasan muchas cosas... queramos o no que pasen, pasan y nos afectan, nos cuestionan, y puede, que si les dejamos, ¡hasta nos enseñen algo! ¡Qué cosa! Hay cosas que entendemos y otras que no, algunas se nos escapan... Cuando la vida viene con sus cosas, algunas cosas vienen pinchantes, es la misma vida que se presenta afilada, dura, difícil, aplastante, agobiante... hay momentos en que dan ganas de quedarse enrollado en la cueva de uno, bien resguardado, hasta que la cosa que uno tiene se pase, se vaya, deje de dar guerra... pero no, la cosa sigue ahí, está. ¿Quizás esté sugiriendo otra respuesta por parte nuestra? ¿otras preguntas? ¿una oportunidad de vivir cosas nuevas? Es algo que nadie lo puede hacer por uno... Habrá que descubrirlo.

Cuando uno sale de su cueva... se recrea. Es verdad, es un riesgo, salir así como así... puede hacer frío, puede llover, puede pasar algo. Pero también uno puede ir, puede volver, puede encontrarse, puede verse envuelto en aire fresco, ventilar emociones, dejarse empapar por novedades ... ¿Por qué no? 

El mito de la caverna, la alegoría de la cueva de Platón, se refiere a cosas similares a éstas tan propias hoy de la inteligencia socio emocional. Platón habla de la cueva como un escenario cerrado que representa la ignorancia, el conformismo y es una metáfora de esa cárcel mental en donde estamos todos, dando muchas cosas por conocidas como reales, a pesar de no haberlas comprobado, observado ni estudiado; y por lo tanto, sin haberlas entendido realmente. Platón presenta al sol, como la sabiduría, el conocimiento de la realidad. Plantea el problema que tiene quien es capaz de escapar de su prisión, los enfrentamientos que le suponen por dentro y por fuera, así como la posibilidad que tendrá de descubrir el mundo que le rodea desde otro punto de vista diferente, el la realidad, el de la sabiduría.

Quedarse en lo conocido es cómodo y hasta válido pero hay más opciones, diversos modos a los conocidos, que no por buenos son los mejores. En cuanto nos hacemos una idea sobre las cosas no queremos ir más allá. Y cuando aparece alguien que es capaz de darle una vuelta más, lo tomamos por loco. Para qué complicarse tanto la vida pudiendo hacerla sencilla, decimos. Y muchas veces lo que llamamos sencillo es nuestra defensa, para no movernos de donde estamos.

Hay que salir... a buscar, perder el miedo o cargar con él para conocer, para conocernos mejor. La invitación es salir de la cueva, ir más allá. Asumiendo que el camino queda grande pero se hace a cada paso, la incomodidad que supone aunque duele dejar lo conocido porque morimos un poco en esa búsqueda e intentos, que pagamos el precio del cambio, de las equivocaciones, de la intemperie, pero vivimos en camino, en proceso. Una dinámica de diálogo con la vida es un camino de ida y vuelta, para conectar, nacer de nuevo, para que nazcan cosas nuevas, y el que lo prueba lo sabe... 


Haz la prueba, ¡sal de tu cueva!