martes, 6 de agosto de 2013

experiencias y aprendizajes

Me acuerdo de un sábado a la noche de hace muchísimos años, en la casa de Mariana, en el barrio de Devoto, en la ciudad de Buenos Aires. No éramos amigas pero nos vincularon por entonces algunos lugares comunes. Esa noche me tocó a mí, por el hecho de estar ahí y ser externa a aquel lugar, alguien con quien Mariana podía desahogarse. Expresaba cierta decepción y queja con respecto a otra persona con la que convivía, se sentía un poco asfixiada en ese momento y tenía sus motivos para mostrar su cansancio. Para mí ese mundo, el suyo, era nuevo y lo veía con cierto aire idílico, pero aquella noche descubrí que de eso nada, no dejaba de ser otro espacio habitado por personas comunes y corrientes con sus aciertos y errores, con sus imperfecciones y conflictos, como todo el mundo. Aunque a mí me pareciera gente increíble no tenían nada especial, salvo porque yo le atribuía un valor especial porque para mí significaban algo con lo que yo me identificaba. Ni mejores ni peores, sólo personas. Es lo que una después descubre en contacto con tantas personas a partir de sus propias experiencias de vida.
Por aquel entonces no era capaz de verlo así mi ideal era más fuerte pero intuía por dónde podían ir algunas cosas, que el tiempo y mis experiencias, me han confirmado, afianzado, desmitificado o tirado por tierra. También yo como ella me podría ilusionar y desilusionar, alegrar y desesperar, ganar y perder el entusiasmo, cansarme, criticar y quejarme con quien pueda escucharme, a veces de buenas maneras y otras que aprender a vivir mejor. Simplemente porque somos humanos y todos en algún momento necesitamos encontrar la manera de expresar lo que sentimos y nos está pasando.
Muchas veces recuerdo esa conversación con Mariana. Recuerdo su libertad para hablar, me resultaba envidiable y pensé que ojalá algún día yo me atreviera a abrirme así con otra persona. Recuerdo que la escuché con cariño y con atención, con respeto, lo único que se me ocurrió fue eso, estar así con ella. No sabía qué podía decirle que la hiciera sentir mejor. Su dificultad a mí me quedaba grande y decir por decir no me salía, aunque quería parecer que entendía de lo que me hablaba, lo cierto es que no tenía ni idea. Por eso sólo pude estar, escucharla y al final darle un abrazo. Con los años descubrí que eso muchas veces es mucho más importante que las palabras y nuestras mejores intenciones cuando estamos frente a otro.
Al día siguiente ella vino a buscarme para disculparse, sentía que había dicho muchas cosas de las que se sentía un poco avergonzada y no quería condicionar lo que yo estaba viviendo. Lo que hablamos esa mañana siguiente es algo que me gusta recordar. Me hizo bien. Me ayudó en ese momento que compartimos las dos. Lo lindo es que iluminó muchos momentos más. Otros momentos que yo me sentí como ella y necesité la escucha de alguien que pudiera acompañarme. A veces la encontré y otras veces no pero confié y en silencio, me sentí acompañada por esas experiencias que había vivido y habían dejado su mensaje de fondo para momentos así. 
Recordarlo hoy es traer al presente un pedacito de mi historia, esa que se teje y nutre en la lectura que hacemos de la realidad, el diálogo con ella y en la calidad de encuentros con personas distintas que están o aparecen en momentos puntuales o etapas distintas de la vida. 
Esa mañana hablando con Mariana aprendí que cada persona tenemos nuestras propias experiencias y tenemos que hacer nuestros propios aprendizajes. Yo te puedo acompañar o estar cerca tuya y viceversa y eso está bien y es importante. Pero no sirve de nada que yo lo haga por ti ni que te dé las respuestas porque sería como darte una fruta masticada. Podemos buscar juntos e intentar comprender algo, pero nadie puede descubrir algo por ti, en tu lugar. 
Cada uno, desde nuestra libertad, madurez y capacidad que nos da cada edad, cada tiempo, tenemos que hacer ese camino, el proceso vital necesario para aprender, para descubrir, para darnos cuenta, de lo nuestro.
Mi recuerdo de hoy es para Mariana esté donde esté y el aprendizaje de aquel fin de semana de enero de 1991 se actualiza en las experiencias que sigo haciendo hoy también.