viernes, 23 de agosto de 2013

¡me está pasando a mí! ¡qué bueno!

Así es y el que lo vive lo sabe. En la base de cada llamado, en cada encuentro importante, hay una conciencia fuerte de ser amado. Y la gran alegría que es poder decir ¡me está pasando a mí! ¡qué bueno! 

Esta experiencia es luminosa, mata el miedo y hace madurar, en el corazón la alegría de entregar la vida, de vivir cada día, de movilizar todo eso que cada uno somos y hace realidad lo que ya está vivo en el corazón. 

Cuando cada uno vive alegremente lo que es, cuando es una alegría que cada uno encuentre su camino en la vida,  no hay miedo de darse y descubrimos gestos de generosidad, alegría de vivir. 

De una manera misteriosa que no alcanzamos del todo a comprender, encuentros, personas, acontecimientos, lugares, palabras, quedan resonando en nosotros. Cuando escuchamos, comprendemos que sí o sí, muestran un camino, ese que solamente es nuestro.

Marta me escribe a través de una red social. Una enorme e inesperada sorpresa. Nos conocimos hace muchísimos años y compartimos un tiempo que recuerdo con cariño y dejó aprendizajes de esos que duran para toda la vida. A pesar de nuestra diferencia de edad nos llevábamos muy bien. Tomamos caminos distintos y nunca más volvimos a vernos ni a tener noticias. Hoy ella me sorprende y retoma el contacto después de tantísimos años y es como si hubiéramos hablado ayer por última vez. 

Leía su mensaje con alegría e incredulidad. Con su humor de siempre, con naturalidad y complicidad. Emocionante. Desbordante. ¡Me está pasando a mí! ¡Qué bueno! Estas alegrías que trae la vida y que nos hablan de regalos que no merecemos y sin embargo, recibimos.