viernes, 2 de agosto de 2013

una propuesta

Hace un par de años invité a un grupo de nueve adultos a hacer una evaluación del curso que terminaba. Era un grupo que se conocía y estaba habituado a evaluar. Algunos traían a la reunión su reflexión escrita y su disposición para aportar mejoras para el curso siguiente. Unos y otros se encontraron con la sorpresa que yo los invitaba a evaluar pero a evaluar pintando, a dibujar y a expresar sin palabras su vivencia del año. 

Ojos abiertos y caras de sorpresa incluso alguna risa y un uyuyuy que se expresaba. Algunos, abiertos, a la novedad, reaccionaron con entusiasmo y alegría, otros hicieron muecas que expresaban lo que ellos no se atrevían a decir: no era lo que esperaban y aquello no sabían cómo hacerlo. Los habitualmente más tirados para adelante y los conversadores reconocían que no sabrían plasmar con un dibujo lo que sí podrían decir con palabras pero aún así aceptaron el reto. Hubo quien se sentía torpe con ele ejercicio pero se animó con la propuesta. Tenían pocos minutos, había que actuar rápido. No había mucho tiempo. No se trataba tanto de un ejercicio de cabeza. Terminado el tiempo llegó el momento de valorar. Hubo quien sorprendió al grupo mostrando su habilidad para dibujar, conocida por nadie hasta entonces aún creyendo conocerle bien y desde hacía mucho tiempo. Finalmente, y no sin resistencias iniciales, todos realizaron la propuesta que nos disponíamos, a continuación, a comentar.

Miramos todos juntos ese cuadro, había monigotes, figuras más o menos geométricas, sombreados, puntos unidos... Leímos lo que se veía y comentamos lo que le había supuesto a cada uno hacerlo. Mientras cada persona expresaba lo que había representado el resto observaba. La riqueza del compartir y el tener la oportunidad de ser observadores generaba conclusiones que iban más allá de lo esperado en otras evaluaciones. Ciertamente dieron pistas para el próximo curso pero sobre todo dieron un mensaje claro al presente de cada uno. Se dieron cuenta que damos muchas vueltas intentando decir algo, los que se atreven a decir, porque hay otros más reservados o tímidos que prefieren callar. Expresaban que solemos resistirnos a los cambios y a las propuestas que nos desconciertan por buenas que puedan ser y que en ocasiones, no se da una oportunidad. A todos, de una manera u otra, lo que nos descuadra, nos produce sospecha, hace saltar las defensas o nos bloquea para reaccionar. Sin embargo, estas experiencias nos dicen que todo no sucede bajo control y que en diálogo con las sorpresas de la vida crecemos, a medida que permitimos que sucedan y entramos en relación con ellas. 

Ponían ejemplos de situaciones que habían ocurrido ese año, y arrojaban luz a esas situaciones, lo que sucede cuando no se es consciente de lo que está comunicando o cuando uno no se hace cargo de sus palabras. Las confusiones y ambigüedades que se dan. Las interpretaciones y los malos rollos que creamos y armamos son consecuencia de no llegar al fondo, de no querer mirar a la otra persona tal y como es, de no escuchar realmente, de no dar la posibilidad. Una cosa sorprendente, que a veces pasa, es que se escuchaban, no se interrumpían al hablar, querían escucharse unos a otros, querían compartir sin avasallar. Esa tarde se empezaron a mirar de otra manera y todo empezó con una propuesta. Descubrieron que podían ampliar su percepción y la manera de comunicación teniendo en cuenta lo que allí estaba saliendo y que era algo que cada uno podía hacer.

Creemos que toda nuestra comunicación depende de nuestras palabras y lo cierto es que es una pequeña parte. Lo que expresamos verbalmente es sólo una pequeña parte de nuestra comunicación. Hay mucho más. Más que podemos descubrir y aprender. A nuestro decir no siempre lo acompaña nuestro actuar. El resto del cuerpo habla, dice cosas. Cosas que no siempre queremos escuchar ni permitimos que salgan, cosas que silenciamos por múltiples motivos pero que el cuerpo evidencia a su manera. 

Tenemos posibilidades a nuestro alcance que vienen en nuestra ayuda, quedar con personas agradables o afines, ver películas o series, leer, salir de viaje, así como practicar hobbies, como el dibujo, la música, los idiomas, el canto, el teatro, la danza, el caminar, la relajación y otras tantas disciplinas orientales, el baile, el deporte, la cerámica, la pintura, la cocina, la repostería, coser, bordar, tejer... éstos y muchos más son recursos que nos acompañan, nos facilitan y ayudan a sacar un espacio personal para nosotros y expresarnos con un lenguaje más genuino, desde el alma, necesario, para vivir de manera sana.

Otro aprendizaje que expresó este grupo fue el darse cuenta de la poca importancia que damos a toda la persona cuando habla. Decían: "Vamos a lo nuestro y no escuchamos, no acogemos"; "no nos fijamos", "nos perdemos mucho", "damos importancia a cosas que igual no las tienen tanto", "todos podemos pintar algo ahora y en lo concreto del año no dejamos que todos se expresen"... 

Toda la persona comunica: sus palabras, su tono de voz, sus gestos, su mirada, su escucha, su postura corporal, su silencio, su interés o apatía, su cansancio o entusiasmo... todo el cuerpo. Lo que dice, lo que no dice y muestra de múltiples maneras, a veces hasta inconscientes para sí misma y desapercibidas para los demás que no ven más allá de sí mismos o de un discurso que traían en su cabeza preparado y simplemente se dedican a soltarlo y a otra cosa.



Hoy le decía a una persona que apagara su teléfono y que hiciera su vida. Hay vida más allá de la pantalla o del mensajito del celular. Pero muchas veces entramos en dependencia y estamos más a lo inmediato que a la vida que está sucediendo. Y nos perdemos muchas cosas. Podríamos fijarnos un poco menos en las pantallas que nos reclaman continuamente con mensajes aparentemente urgentes de responder y centrarnos en lo de cada día. Siempre hay tiempo de mensajes, llamadas u otras cosas pero un tiempo que nadie se lo debería quitar a los quehaceres, a la familia, a los amigos, al ocio, al descanso. Eso también está siendo aquí y ahora y necesita su tiempo y su lugar.

También puede ayudarnos el darnos cuenta cómo comunicamos, qué lenguajes usamos, a qué damos importancia cuando estamos delante de otra persona. Y cuando tengamos delante a las personas con las que hacemos la vida todos los días, podríamos detenernos, mirarlos, descubrir qué están comunicando y con qué lenguajes. El reto es enorme, los descubrimientos pueden sorprendernos y darnos pistas de crecimiento. Ojalá que así sea. ¿Te atreves?