martes, 24 de septiembre de 2013

no hay recortes, hay remedio

Deporte universal no catalogado pero no por ello menos conocido: la crítica a los demás. La facilona más al alcance como la inmisericorde e incisiva del otro extremo del abanico. Todos, alguna vez o muchas o la mayoría de las veces, nos subimos a ese barco. Hay tanto campo del que podríamos criticar que no sé si tendré tiempo para abarcarlo. Vayamos a lo más cercano: los demás, esos de los que opinamos, decimos, valoramos, juzgamos con tanta verborrea. Tienen todos los defectos criticables y cuestionables. ¡Son más raros!  Los demás. Nosotros bueh... sí, pero no tanto como él o ella. ¿Y si los demás nos miraran, valoraran, juzgaran, como lo hacemos con ellos? Habría que ver. 

En el tiempo de las energías renovables ¿no nos hará bien reciclar nuestras malas vibras? A veces nuestra mala uva es la que más se deja ver, ¡peligro! porque  indigesta, el piensa mal y acertarás enrarece el ambiente y el no dar el brazo a torcer nos aísla en modo de ver la vida inmutable como si cambiar fuera signo de debilidad no propia del ser humano. ¡Con lo fácil que es abrir las ventanas y ventilar! ¡Con la necesidad de oxígeno y luz que tenemos! Parece fácil pero tanto nos cuesta ¡porque mira que nos gusta hablar por hablar! La crítica estéril es cómoda nos favorece, nos deja en buena posición ese "nosotros sabemos cómo son las cosas" en detrimento del otro. A veces nos dota de poderes mágicos, un arte para adivinar el futuro y visionamos esa posibilidad: el otro qué raro es, no cambiará en la vida, no tiene margen de error ¡sólo porque nosotros lo vemos! o ¡porque nosotros no lo vemos! Nuestra afirmación lo justifica, bienintencionada, eso sí, aunque se trate de la negación de la valía o de la capacidad del otro porque no responde como a mí me gustaría, no opina como yo, porque lo que hay no me interesa o no es de mi gusto, porque lo haríamos de otra manera ¡LA manera!... Ahí arrancan muchos problemas, de una única manera de ver la vida, las relaciones, el mundo, y ahí está la dificultad de abrirnos a otros, a sus maneras de vivir, de hacer, de relación, distintas de las nuestras. Reflexión que viene con pimienta hoy y escuece si nos miramos a nosotros mismos en vez de pensar en ojo ajeno. Cuando preferimos rellenar silencios hablando por hablar. Cuando tan entretenidos estamos en cotillear de los demás sin decir de nosotros realmente ¿qué nos pasa? ¿qué le está faltando a ese espacio de encuentro? ¿qué energías necesitamos cargar? ¡a ver si nos ponemos las pilas!

La mejor crítica es esa que nos cuesta vivir porque nos supone reconocer y hacer un esfuerzo constructivo de amor, de amor que ilumina y que se deja iluminar, de amor que permanece porque no se cansa a la primera y acompaña los cambios que quiere vivir. La otra crítica, esa fácil y burlona sale en cuanto tiene oportunidad pero no llega lejos pero puede destruir en una tarde lo que ha llevado años de construir. La mejor critica se dialoga aunque suponga un pensar antes qué quiero decir, empezar a escucharnos más y a respetarnos antes que saltar a la defensiva en cuanto el otro habla, a contestar, sin escuchar. Entrar en el ataque personal que no va a ningún lado al fin de cuentas es lo más fácil y no supone gran esfuerzo. La buena crítica sí porque quiere construir. Construye si aprendemos a crecer en esa construcción, tú y yo, en una comunicación constructiva, tú tendrás tus cosas en las que crecer y yo también ¿estaremos dispuestos? 

La critica buena es necesaria pero en espacio y tiempo oportunos, cuando podemos hablar y el otro nos puede escuchar, cosa más difícil aún cuando no distinguimos ni lo uno ni lo otro cuando sólo vamos a lo nuestro. La buena crítica será buena no desde el buenrollito merengue sino desde un ir afinando nuestra vida en esa búsqueda de distinguir, saborear, potenciar, cuidar y establecer relaciones más auténticas con todo lo que suponen de crecimiento, de que no me lo den hecho, de que me suponga vivirlo. Desde un mayor encuentro en verdad y autenticidad, en libertad y gratuidad. Sabiendo que como personas no somos ni seremos perfectos porque cada día, a cada momento, se nos va la lengua, nos equivocamos, metemos la pata, no cerramos el pico, hablamos de más... pero eso no quiere decir que no podamos vivir todo ésto de otra manera. Nos sorprende constatar la capacidad que tenemos de ir modificando actitudes de nuestra persona que nos cuestan, provocan rechazo o malestar y no desde un ideal de perfección sino desde un compromiso humano más sostenible con tu propia vida.

Justamente por eso no dejamos de recibir ayuda, el servicio 24 horas sigue activo, volvemos acudir al caer en la cuenta de lo que es necesario: un espacio de repostar energías, alternativas a las que por otro lado tenemos, y nuestro S.O.S. nos descubre desde la humilde fragilidad cómo pedirlo. Y una vez más sorpresa. No hay recortes, hay remedio. Por prescripción facultativa: podemos ser transformados porque somos amados. Y una vez más alegría y fiesta. Hay quien con toda su técnica humanizada se encarga de estas cosas y sabe hacer su trabajo porque se lo sugiere el corazón.

¡Excelente resultado! El ciento por uno. Experiencia demostrada experiencia a lo largo de la historia de la humanidad hoy puestas a nuestro servicio: chapa y pintura quedan como nuevas y los efectos secundarios de tan generosa labor nos capacitan de nuevo para la vida y muchas personas siguen dando fe de ello. Se ensancha la mirada, se acalla lo que inquietaba, nos abre a lo nuevo y a mirarnos con esperanza. Somos nuevamente capaces de vivirnos sin tanto drama, con soltura y alegría hacernos de nuevo en lo que cada día llevamos entre manos. Todo puede ser más sencillo pero ¡nos gusta complicarlo! Los del servicio técnico lo saben y no dejan de mandarnos ocasiones de revisión y encuentro. Tampoco está de más ir a por ellas. Esos ojos que antes criticaban se dan cuenta que hacen falta más compañeros sanadores que críticos de butaca ¿y quién mejor que quién ha sido sanado? ustedes también pueden ¿quieren sumarse?

Gracias a los instantes de lucidez, a los tiempos de darnos cuenta, a Quien con su paciencia nos abraza, a las personas que están junto a nosotros y nos hacen ver las cosas con otra luz nueva. Gracias a los mensajes que encontramos cada día y son esa mirada reparadora de Amor que recibimos. Sus ojos son color misericordia. ¿Los has visto?