viernes, 18 de octubre de 2013

a cada momento lo que necesitamos

A diario nos preguntamos sobre tantas cosas ¿y ésto cómo será? ¿cómo se hace? La naturaleza, sus ciclos, sus modos, me maravillan, me llevan a esa actitud contemplativa que me permite mirar la vida y redescubrirla, desde el silencio que posibilita toda novedad, desde la sorpresa que siempre me lleva más allá de lo que creía ver. Me ayuda a comprender mis tiempos, nuestros modos tan humanos, y me sorprende, tantas veces, que estemos en perfecta armonía formando parte de un conjunto más amplio que del que somos conscientes. Esta foto es de este verano, en un pueblo de montaña del pirineo después de una buena tormenta. Esa lluvia que lo empapó todo tenía brillo. El olor que quedó a tierra mojada me recordó lo necesario y me llevó más lejos de mis superficiales preocupaciones. La vida se hidrata, se renueva, reverdece, cuando se empapa, cuando se deja hacer por la Vida que la cuida. Qué paisaje más hermoso después de una buena lluvia. Estaba ahí, es el de antes pero ahora más limpio, más sano,como nuevo.
Es fácil llenarnos de cosas, no parar de hacer, hacer y seguir haciendo y no bajar ese ritmo. En épocas de inmediatez toda espera parece larga. Hace tiempo que salir a caminar o sentarme a solas en un lugar tranquilo me ayuda a tener tiempos de paz y a recuperar el peso de otros ritmos necesarios para sopesar la vida. A veces tenemos miedo a hacer silencio, porque si afinamos un poco el oído quizá descubramos cómo nos está yendo la vida. Siempre que llovió paró, después de la tormenta llega a calma. Sin embargo, hasta lo más evidente se nos desdibuja, se difumina y se pierde de vista en la prisa, con lo entretenidos que nos tienen las urgencias, los quehaceres y problemas de cada día. Cuando desesperamos de nosotros mismos, de los demás, del mundo, cuántas dosis de contemplación, discernimiento y silencio nos son necesarias. Cuando nos descubrimos tremendamente frágiles como esas gotas llenas de agua, suspendidas en silencio sin llegar a caer, sin tenernos del todo, cuanta aceptación y humildad nos es necesaria.

 El futuro depende de todos los que son hoy conscientes del presente.

Necesitamos que nos ayuden a conocernos, a recuperar la confianza en nosotros mismos, a desarrollar el gran potencial que llevamos dentro. Nuestra experiencia vivida es un buen libro que leer en clave de madurez y de descubrimientos. Nuestro cuerpo habla, nuestras sensaciones comunican. La Naturaleza es una buena maestra, los buscadores como nosotros, buenos compañeros y compañeras de camino, tantos materiales nos sirven de bastones y el corazón de cada uno, un alumno que puede seguir aprendiendo y dejándose hacer. Como en esa lluvia que todo lo empapa, Dios nos bendice, nos habla, nos acompaña en todo lo nuestro, dándonos a cada momento lo que necesitamos.

Vivimos marcados por la crisis y la desesperanza y el olor a tierra mojada lo recuerda: la vida respira, se hidrata, germina, reverdece, se vuelve nueva a cada instante con los constantes cuidados que recibe y que prodigamos, que buscamos y encontramos. Cuando la tierra se oxigena expide su aroma y quien lo huele recupera el buen olfato y reconoce aire puro, mira en el paisaje que tiene delante más colores que los que antes veía, distingue matices, ve cuán necesario son los cuidados que cada día permiten que algo nuevo se siembre o germine para que allí sea posible estar y vivir.
Podemos quejarnos de muchísimas cosas que nos incomodan, que no tenemos, que nos suponen una molestia o no son como esperábamos; podemos cargarnos de razones y sentirnos con derechos... Podemos y lo hacemos. Podemos ir como ciegos que no quieren ver... Podemos elegir cómo vivir, cómo afrontar. Nos sobran los motivos para mirar y para agradecer tanta Vida recibida a cada instante y vivir con la sencillez de las gotas de agua que empapan hasta el último rincón de la tierra sin preguntar quién las merece. Como la tierra podemos ser renovados en nuestros compromisos vitales, descubrir cómo oxigenar y sanear hasta el último rincón de nosotros mismos para poder vivir no como quien aguanta el chaparrón sino como quien descubre en cada situación una nueva oportunidad, para enamorarse más de la vida y vivirla con pasión, ilusión, entrega y compromiso.  

La naturaleza no deja de mostrarnos sus estaciones, sus variaciones, sus modos. Así nosotros podemos ser más conscientes al acompañar los cambios que se suceden en nosotros aunque no sepamos de antemano cómo será el camino. Estar al comienzo de una transformación y vivir en ella convoca nuestra manera de ser, de mirar, de pensar, de escuchar, de dialogar y querer estar en la realidad. Como la semilla que se rompe al pudrir, tengamos el corazón alerta para vivir cada momento. No queramos dar la vida sin morir, sin cambiar, sin transformarnos. Necesitados estamos de conversión, de agua y de aire fresco como de nutrientes de amor y comprensión, de ternura y compasión, empezando por nosotros mismos y siguiendo por todos los caminos en los que Dios nos bendice y nos confía.