martes, 25 de marzo de 2014

para y escucha

Cuando nos damos la oportunidad de observar en silencio descubrimos cosas. Cosas que estaban ahí y no habíamos visto. Cosas que por ir deprisa no nos damos tiempo a contemplar. A veces hasta el más simple detalle que hay en un árbol, una flor que ha salido, los cambios de las hojas durante una estación, una pared que ahora muestra una pintada que antes no tenía. Cosas cotidianas que despiertan nuestra curiosidad y nos sacan de nuestro habitual ritmo.

Hay personas que viven pensando que tendrán toda la eternidad para descansar y no se permiten dejar de hacer postergando siempre el ser, el estar, el no hacer. Les parece que no hacer es imposible y les cuesta horrores permitírselo y aún más dedicarse tiempo porque dicen no tienen tiempo para eso. Aunque les genere malestar, ansiedad y estrés el no parar, andar siempre corriendo y viviendo a toda velocidad. 
 
 
Podemos descubrir con una mirada nueva. Si vemos, si paramos, si nos permitimos. Si nos regalamos algo más que ruido, ese estar en todos los saraos, esa conexión permanente a todo y con todos, incluso con los whatsapp. De nada sirve vivir multiplicados, hiperconectados con el mundo si nos olvidamos que la primera conexión necesaria es con uno mismo, más si todo lo nuestro se nos hace un mundo  nos está pidiendo que paremos, que nos escuchemos.
 
Cuando algo nos obliga a parar, rompe el ritmo y los planes, nos fastidia, nos molesta, sin embargo, qué bien que no esté todo bajo nuestro control, que no siempre el tiempo y los días se nos escurran sin tregua. Un parón, de repente, nos salva de la multiactividad. Nos sorprende preguntándonos ¿hace cuánto que no hacía ésto? Nos reconcilia, nos sana y da ocasión de... Cuando te diste la ocasión lo descubriste.
 
De niños estamos más en conexión con nosotros mismos, naturalmente, nuestra espontaneidad, imaginación y creatividad fluyen, guían... para los padres ¡a veces demasiado dinamismo el de sus hijos que no paran! Esa conexión fluída y dinámica que los adultos vamos perdiendo a medida que crecemos y que recuperamos en la medida que nos hacemos conscientes y nos damos la oportunidad de incluir y favorecer en nuestra vida. 
 
Esa conexión que necesitamos recuperar es vital, cuando no damos más o cuando paramos o cuando una circunstancia nos obliga, hace frenar y nos hacemos conscientes que estamos aquí, que nos falta algo o que necesitamos vivirnos mejor. 
 
Cuando nos damos cuenta, nos volvemos conscientes, se abre una puerta, una ventana, una rendija, un espacio; a veces se nos hace temido, otras es aire fresco, otras necesidad pura y dura que se impone. Para volver a conectar con nosotros mismos, necesitamos escucharnos, poner el foco en cómo y dónde estamos, esa luz nos dará pistas. El re-conectar nos hace bien, los espacios propios son como oasis en el desierto o un vaso de agua fresca cuando tenemos sed, el silencio, los ratos de escucha, de disfrute, de relax, de descanso, de ir más despacio, nos hacen bien, como lo es un tiempo de oración para un creyente. Para, escucha. Date la oportunidad. Seguro que hay algo que no sabes aún y te va a sorprender. No tengas miedo al encuentro. Regálate el tiempo y descúbrelo.