jueves, 29 de mayo de 2014

cuestión de rarezas

Comentarios haciendo referencia a las rarezas de unos u otros no faltan y teniendo en cuenta lo que nos cuesta avanzar en aceptación de diferencias y respeto a los que son distintos, normal que la lengua se desate, salten chispas, fobias y reparos, aluvión de juicios y críticas. Pero lo que se convierte en habitual o normal en medio de nuestras relaciones ¿es lo mejor? Generalmente, si hacemos sana autocrítica, pocos dispuestos hay a decir: es que yo soy bastante rarita o soy "especial" o hago que nuestras relaciones familiares resulten complicadas o eso que no sé hacer de otra forma enrarece el ambiente con los míos... Algunos son capaces de reconocerlo, verbalizarlo incluso hacerse cargo de su responsabilidad en el asunto, pero no es cosa reconocida en mayorías ni marca tendencia quien se presenta con sus rarezas y mucho menos, las reconoce; eso sí, las de los demás ¡de esas buen catálogo! no se escapa detalle.


Hay rarezas a las que nos referimos de manera simpática y tildamos de aceptables, quizás porque no nos suponen tanto; otras nos resultan exasperantes y totalmente intolerables, según el criterio, las experiencias y el modo de ver la vida cada uno. Hay rarezas que se acentúan con la edad, con el carácter, con los conflictos, con las cadaunadas y si las dejamos aumentar solemos decir no habrá quién aguante. Todos somos especiales, unos más que otros, todos tenemos nuestras cosas, más o menos aceptadas, más o menos asumidas, que se lucen en nuestras circunstancias y contextos. Los mensajes del mundo van por otros derroteros apuntando a esconder lo feo, lo que aleja de la perfección, nos invitan constantemente al éxito y nos dicen cómo ser si queremos tener éxito, caminos hay para llegar a ser lo que quieren otros que seas y a ser posible que no se te noten las canas, la gordura, las arrugas y mucho menos las verrugas!!!


Mientras vivamos alejados de nosotros mismos, sin tomar conciencia de nuestras sensiblerías y debilidades, el problema no tendrá solución, seremos los más ciegos en nuestra propia piel. Sólo con ojos abiertos, desde mi realidad comprendida, asumida y despierta, puedo empezar a acercarme a los mundos del otro, a sus maneras diferentes a las mías, con la clara decisión de llegar a comprender, a dialogar, a acercarme más, a amarle tal y como es. Eso nos humaniza.

Podemos quedarnos en la crítica agresiva que nada tolera ni perdona o irnos al otro extremo de las grandes expectativas que se estrellan a la primera de cambio con las dificultades que la realidad conlleva. Lo cierto es que los extremos no nos valen si queremos construir una realidad de matices que nos humanice. Los extremos están dentro de nosotros pero no somos sólo extremos. El proceso de maduración del ser humano no es fácil ni es corto pero supone escuchar algo más que a nuestros extremos que nos movilizan a posturas radicales. Nuestra serenidad, nuestra escucha más profunda, nuestra felicidad ponen matices diferentes. Cada uno tiene su propia historia, su propio recorrido y podría dar sus respuestas. 

La capacidad de seguir madurando, de vivir con mayor verdad nuestra vida, nuestras relaciones y demás, junto al trabajo que acompaña todo crecimiento, no será tarea vana. Tenemos la capacidad de ir ampliando nuestra visión, enriqueciéndola con otros modos de ver, de hacer, de ser, que hay en el mundo. La armonía la construimos en nuestras decisiones valientes y conscientes día a día. Lo que nos vuelve más competentes en la vida es el amor. Tenemos la creatividad y la capacidad suficientes para ello. En la fragilidad que afronta sus miedos, en la vulnerabilidad hermosa del que se muestra como es, ahí el amor se engrandece y encuentra valentía, ahí la vida se recrea y acontece.