lunes, 12 de mayo de 2014

ojos, olfato, oídos, tacto y boca

Cuando aprendemos a percibir los acontecimientos de nuestra vida como una gran oportunidad para la madurez llega el momento de tomar opciones más lúcidas. Dicen que la manera con que apreciamos la realidad da cuenta del mundo interior que nos habita. Para dejarnos configurar por un amor más grande, por una fe más viva y una esperanza duradera puede que haya que vencer actitudes que ni viven ni dejan vivir, dejar de fabricar impedimentos para que podamos entrar en otra lógica de vida. El que lo prueba y conoce, lo sabe. Es algo dinámico, llegan momentos en que uno se va dando cuenta que es necesario aprender a despojarse de la mirada dramática de la vida y comenzar a vivir la vida nueva, creer que es posible descubrir modos nuevos de contemplar el mundo para crearlos en la medida de lo posible... Empezando por uno mismo. Necesitamos aprender a mirar con otros ojos y necesitamos que nos ayuden los ojos, el olfato, los oídos, el tacto y la boca para no vivir sin sentido y que nos guíen los cinco sentidos.

Decimos que necesitamos pistas, referentes, modelos y los buscamos si los echamos en falta, bien porque quizás no los tengamos o porque esa necesidad al descubierto despierta un anhelo de más que nos encamina. Nos viene bien servirnos de la luz que otros vieron en parecidas circunstancias, conocer lo que hicieron para salir de donde estaban... En parte. Es verdad, necesitamos espejos en los que mirarnos, ventanas a las que asomarnos a por aire fresco, dar curso a lo que nos dicen bueno para nosotros. En nuestro camino existen personas concretas que comparten su luz, aire fresco, horizontes más grandes a los que conocemos, nos sirven de inspiración y transmiten con su vida, que es posible creer y crear en nuestros días lo que también nosotros torpemente buscamos y queremos.

Pero sobre todo necesitamos valentía para renunciar a engañarnos y escuchar esas resonancias que vienen de dentro. Hacer silencio para escuchar, serenidad para distinguir ruidos y voces. Valentía para ahondar en nuestro propio corazón para conocer lo que hay en él, aprender a relacionarnos sanamente con nosotros mismos, con todo lo demás y con los demás. Hay quienes abren los ojos y lo reconocen. Hay quienes buscan y encuentran, quienes lo descubren y no dejan que el miedo les impida ser quienes son. Lo fundamental, lo que nos hace hombre y mujeres de verdad debemos descubrirlo dentro de nosotros.  

Pedro Arrupe decía que "No es un adentrarnos como evasión de la realidad y de la dureza de la vida diaria, por domesticarla. Es un entrar en lo más profundo de la realidad misma. Es un viaje al interior de las cosas, de las personas, de la vida". Ignacio Larrañaga insiste que "Nadie se sacia con la consabida fórmula del agua: H2O. Hay que beberla". Por tanto, es decisión nuestra: abrir la puerta del propio corazón, adentrarnos en la propia vida y recovecos pidiendo que nos ayuden los ojos, el olfato, los oídos, el tacto y la boca para vivir con más sabor y sentido, para que nuestro pesares o sentires, pasado o presente, no sean nuestra única realidad, el único horizonte de vida que miramos. Abrir la puerta y entrar a descubrir que incluso en medio de los problemas que se nos presentan hoy, en medio de la realidad, podemos ser dichosos, podemos encontrar la luz que nos ilumina y ayuda a caminar. 

Es cosa de vida, de encuentro, lo mismo que no se conoce a una persona reduciéndola a un conjunto de ideas sino tratándola. Quien lo probó, lo conoce, quien lo conoce, lo sabe.

Ahí se tejen las respuestas, ahí encontramos los caminos, ahí resuena quiénes somos cada uno.